De lo cotidiano a lo costumbrista. La costumbre de las malas costumbres.
Blog ligero, con opiniones que permitan la discusión sobre diversos temas sociales, políticos y culturales. Sin fanatismos radicales o parcializaciones hacia bandos políticos. Solo eso, opiniones y reflexiones. Abierto a discusiones para fomentar el carácter autocrítico que necesitamos para poder mejorar como sociedad y como seres humanos.
domingo, 20 de enero de 2019
¡No vale,aqui, eso no va a pasar!
sábado, 19 de enero de 2019
Que se vayan todos!
Ha pasado en muchas partes que los psicópatas o sociopatas o al menos narcisistas oportunistas, encuentran en la fallas de los sistemas o en los errores de la humanidad o sociedades la oportunidad para explotar nuestros miedos, odios y decepciones, así como el dolor sufrido por las tragedias personales o sociales.
Mi idea no es apoyar los sistemas establecidos como perfectos y decir que tienen que continuar los mismos de siempre y resignarnos por lo del dicho mas vale malo conocido que bueno que conocer. No. Pero tampoco comparto esa impulsividad basada en puntuales fallas y tragedias personales o de allegados que hacen que queramos buscar un bien o alguna justicia superior, y se recurre muchas veces a ideas utópicas, que son precisamente utópicas porque niegan la realidad y las condiciones naturales , así como la individualidad del ser humano, que hace que todo suene muy bonito pero termine irremediablemente convirtiéndose en una pesadilla muchas veces bastante peor que cualquier problema anterior que se quería superar.
Entonces que hacemos , bueno la mejor manera de generar mejoras en algo tan vasto como lo es nuestro concepto de calidad de vida, que supera lo básico de la supervivencia y se va has ta extremos que pueden ser normales y de bienestar para unos o descabellados para otros.
El ser humano es una especie, es cierto, pero tenemos una peculiaridad, con todas nuestras semejanzas tenemos una individualidad y capacidad de generar infinidad de sistemas , costumbres, deseos propios, únicos que nos satisfacen en maneras que a otros no.
Entonces entre toda esta complejidad como hacer para concordar. Creo que una cosa que hay que hacer es entender , los sistemas pueden tener fallas , pero nos han hecho avanzar. A veces por tratar de eliminar un sistema completo solo por las fallas que este presenta, terminamos con eliminar todos los avances que nos llevarnos a donde estamos que pueden ser incluso valores como los presentaron mucho las religiones de las que muchos se burlan ahora y ven anticuadas pero a la vez vemos menos sentido de valor compromiso y propósito, así como valores primordiales como lealtad, honestidad, integridad.
De nuevo con esto mi idea no es apoyar el estancamiento solo por los beneficios que hemos alcanzado. Pero si partir de la realidad de los que hemos alcanzado para analizar propiamente como avanzar de la mejor manera que no se destruya lo construido y alcanzado, por ideales que no se basan ni siquiera en la realidad de que nunca va a haber un solo pensamiento por lo que se debe idear siempre un sistema en que cada uno con sus libertades pueda buscar su mejor felicidad, calidad de vida y desarrollo, sin afectar las capacidades de otro. De esta manera garantizando un respeto general por los derechos esenciales del otro. Pero también me parece de extrema importancia y lastimosamente casi siempre ignorado, el hecho de construir bases para el progreso basado en valores comunes, lo suficientemente generales para no afectar en la individualidad personal, pero lo suficientemente puntuales para generar ese desarrollo de convivencia mas armónico entre todos.
Para esto tenemos que ser mas maduros y en vez de solo apoyar lo que nos conviene entender el impacto que puede tener un cambio o decisión en el resto de las personas y ser suficientemente inteligentes y honestos como para aceptar si funcionara.
Por ejemplo, hay cosas muy individuales que no se pueden establecer de una sola manera porque generaría opresión y muchas represiones y abusos como ha pasado en la historia, como lo es gustos personales y nuestra definición personal de bienestar, así como a mi me puede gustar leer a otra persona bailar. Pero si se puede construir sobre valores generales que nos permitan generar mejor relación y convivencia entre todos como , apelar a honestidad , integridad, modales, entre otros. Que permitan valorar en general en la sociedad y premiar en cierta forma lo que sea en realidad un valor positivo y así construir mejores ciudadanos.
Porque todo esto, y por que parece tan difícil. Porque las soluciones fáciles e inmediatas, así como el placer inmediato, no genera ningún beneficio a futuro , no es sostenible y ha creado inmensas cantidades de abominaciones con sistemas dictatoriales solo para satisfacer el ideal de una parte de la población de lo que ellos creen que es correcto, denigrando y discriminando al resto.
Pero porque digo que es de extrema importancia construir todo esto. Simple. Si se van todos, quien queda? A la final el mas oportunista va a quedar si primero no establecemos mejores sistemas y un avance cutural basado en valores que permitan establecer mejores relevo, con mejora continua , y verdadero progreso sin desechar lo bueno que hemos logrado.
Importante, si que se vayan todos. Y quien queda?
domingo, 6 de enero de 2019
Esa cultura es mas avanzada.
sábado, 29 de diciembre de 2018
Ese tipo es tremendo lider!
Algo interesante que pensar, más aún recientemente con nuestro estilo de política actual. Es en general algo común que los políticos en cierta forma tengan ideas mesiánicas sobre si mismo, particularmente más aún aquellos más exitosos. De igual manera es algo común que los ciudadanos en cierta forma prefieran ese tipo de líderes por lo que les transmiten, siendo honestos sería algo aburrido, un líder político que sólo hablara de manera técnica a los problemas, y sus discursos se basaran en puras estadísticas que probablemente pocos entenderían.
Pero si nos ponemos a analizar correctamente, que características estamos tomando en cuenta al elegir nuestros lideres de gobierno. Generalmente es una persona que ejerza un liderazgo que genere una especia de empatía o admiración a las demás personas y nos haga sentir "Identificados".
Si somos honestos generalmente elegimos en base a impulsividad y nuestra propia manera cerrada muchas veces de ver la vida en base a experiencias que nos han pasado que no necesariamente reflejan el enfoque general de la sociedad.
Creo que los mas peligrosos son aquellos lideres que nos hacen supuesta mente olvidar que son políticos y así como es incorrecto creerlos una especie diferente de humanos, tampoco son nuestros camaradas, patas, amigos o panitas. Son políticos que están en esa carrera en base a su ideología y propias ambiciones. que no necesariamente tienen que ser malas , pero es simplemente eso.
Nos tenemos que olvidar que son ángeles que cayeron del cielo para salvarnos, o en caso contrario demonios infrahumanos que no tienen habilidad de sentir o pensar como personas comunes. Muchas veces hay personas que entran en política casi por casualidad. Es decir no se lo plantearon pero participando en ciertos activismos fueron luego recomendados o alentados a participar y luego bueno le agarran el gusto.
Tenemos que entender algo también. Ser honestos con nosotros mismos. El ser humano disfruta el poder, por mas humildes que queramos pretender ser, competimos hasta de ver quien es mas humilde o sufrido. Siempre va a haber lucha de poder y egocentrismo en cargos de mayor poder aun mas. Es cierto que las personas que llegan a escalar esas posiciones tienen habilidades para poder hacerlo pero no necesariamente as habilidades correctas, ya que alguien narcisista puede avanzar en la vida muchas veces mas fácil que otra persona por su falta de empatía y, por esa motivación personal a conseguir lo que quieren y su motivación mayor es la atención que obtienen y admiración de otros.
Por esto mismo es mas importante que nunca pienso yo en esta era de las redes sociales que algunos psicólogos están llamando como una de las eras mas narcisistas , a tal vez evaluar un poco mas o mucho mas nuestras decisiones. Que seguimos a quien, y a que personas le damos poder. Sea un político, empresario, artista entre otros. Y tal vez ahora que se ha demostrado que las redes sociales tienen impacto perjudicial en muchas personas a nivel de autoestima, vernos a nosotros mismos primero para poder analizar y luego poder tomar decisiones correctas.
Como venezolano una cosas que siempre recordare de Venezuela es nuestra arrogancia y de los mayores, que por estar solo unos pasos adelante en latino américa por unas décadas que no es nada, sentimos que eramos casi invulnerables as los males de algunos de nuestros vecinos. Una frase típica, eso no va a pasar. Si, bueno paso eso y mas. Llegó un líder narcisista y probablemente hasta psicópata o sociopata, quedara de los psicólogos analizarlo así sea post-mortem. Pero el punto es que muchos, pero muchos aunque lo nieguen se dejaron llevar por una persona que fue un tremendo líder si, podía hacer que las personas lo siguieran, así vieran que muchos estaban cayendo en un abismo, no volteaban, seguían en el camino, caía una empresa, un partido, total no eran ellos y probablemente se lo merecían porque no fueron inteligentes para seguir e camino de ese líder que era como uno mas, si cuando quería se hacia pasar por uno mas para el resentido de abajo, y como un dios culto y extremadamente hábil e inteligente para otros mas orgullosos, no era ni una ni otra si no lo que requiriera la situación. Y el abismo llego para todos. Los que decían que era imposible que un país así llegara tan bajo. Bueno sigue en picada. Ya veremos hasta cuando.
Creo que nos toca ser cada vez mas responsables y entender y definir para nosotros mismos. De igual manera que escogemos un medico, un especialista en cualquier cosa, que persona es la mejor para darle ese poder que lo use de a manera mas adecuada, para el bien general sin olvidar nunca nuestras libertades individuales.
Tal vez salir del exceso de información sin filtro que vemos a diario. Y ver, escuchar, observar a nuestro lado, leer, pensar y actuar. Es nuestro deber decidir a quien le otorgamos ese pode, porque no importa que idealista venga a decir que el poder es del pueblo y todas esas patrañas, siempre va a haber lucha de poder y en países como Venezuela, el que menos poder tiene es el pueblo realmente, con unos gobernantes que parecen realeza mientra otros comen basura.
Creo que hay que parar , reflexionar, tratar de parar estas oleadas de narcisismo que nos afectan a nuestro propio comportamiento. Y empezar a ser mas consientes. Asi sea un poco. Y de alli empezar a usar estas tecnologías que llegaron para quedarse pero encaminarlas a un bien funcional en general, y que no sean el medio para hacernos ciegos de nuesra propia realidad y de la realidad del mundo en general.
Existen ideas, ideologias, fantasias, utopías, de todo, cada quien cree lo que quiera, pero la realidad es una. Los hechos son hechos y es hora de dejar de cambiar una fantasia por otra y aceptar realidades para trabajar en soluciones realmente efectivas y no fantasias o utopias que llevan no soo a fracaso, pero muerte y sufrimiento de muchos y tiempo para recuperar.
martes, 25 de diciembre de 2018
Todos los politicos son unos corruptos, ¿o la cultura de la corrupcion?
🟦 Introducción contextual
Las colas diarias por harina, papel, pollo o cualquier bien esencial se convirtieron en rutina. Mientras tanto, quienes tenían conexiones pagaban más y recibían esos mismos productos directamente en sus casas, porque se había formado una red de corrupción tan extendida que permitía al pueblo participar en ella según su nivel: desde servicios y comida, hasta trámites y favores. Era un sistema donde cada quien “se avivaba” para agarrar un poquito de lo que pudiera, porque cada día había menos recursos y más competencia por lo poco que quedaba.
En ese ambiente, la línea entre necesidad y corrupción se volvió borrosa. La gente perdía valores no por maldad, sino por supervivencia. Y al mismo tiempo, todos aprendíamos a justificar pequeñas trampas: el contacto que te “resuelve”, la alcabala que te saltas, el medidor que manipulas, el pago que evitas. Era un espejo incómodo: mientras criticábamos a los políticos por robar millones, muchos robaban cientos… y lo llamaban “necesidad”.
Este post nació como una reflexión hacia afuera y hacia adentro: un intento de entender cómo un sistema tan dañino puede llevar a una sociedad a autodestruirse, y cómo la corrupción cultural —la que ocurre cuando nadie nos ve— termina siendo la base de la corrupción política que luego condenamos. La intención no es justificar nada, sino desenmascarar ese ciclo, admitirlo y pensar en la posibilidad de construir otra idea de sociedad.
La corrupción no empieza arriba: empieza cuando nadie nos está viendo.
Creo que esta es una frase repetida en extremo en muchos países, especialmente en los países latinos y probablemente también en otros países subdesarrollados, en vías de desarrollo o recientemente industrializados. De igual manera están los clásicos: “Que se vayan todos”, “Todos son lo mismo”, “Los políticos son unas ratas”, entre muchas otras expresiones que apuntan a la misma idea.
El resultado final es una especie de conclusión colectiva: la población termina creyendo que los políticos son una clase particular de seres humanos, casi otra especie, con una forma de ser que nunca puede ser distinta. Con esto no defiendo a los políticos, y tampoco creo que haya que irse al extremo opuesto: ser confiados en exceso o idolatrar a ninguna persona, como ocurrió con Chávez, Hitler y otros líderes idolatrados cuyos seguidores no pueden ver a un ser humano, sino a una especie de semidiós que viene a salvarlos. Lo mismo pasa con ciertos radicalismos religiosos cuyos líderes terminan metiéndose en política, capitalizando el odio que su propia doctrina les enseña a sus fieles.
Creo que una manera más sana de ver a las personas en el poder es entender primero que son personas. Sí, como nosotros mismos. No para justificarlos ni para condenarlos, sino para entender que son humanos: con ambiciones personales, defectos de personalidad, narcisismo en algunos casos, inseguridades y muchas otras cosas.
Pero creo que cabe una reflexión. Para empezar, tal vez convenga preguntarse: ¿qué es la corrupción? Cuando buscamos conceptos generales, se habla de corrupción como un estado de perdición o degradación de un organismo. En las relaciones humanas, se usa para expresar la violación de leyes o de los derechos de otras personas. Si lo vemos en un sentido amplio, ser corrupto no es más que violar la ley para obtener un beneficio propio, aprovechándose del sistema.
Aplicando esta definición —o cualquiera similar— sería bueno analizar a fondo: ¿por qué los políticos son corruptos? O mejor dicho: ¿son los políticos algún tipo especial de persona que sufre una condición que los demás no sentimos?
A veces expreso una opinión que no es muy popular: creo que cada quien roba según las capacidades que tiene a su mano.
Ahora explico esto. Si le preguntas sinceramente a muchas personas en países latinos acerca de pagar impuestos, pagar una multa, pagar servicios o hacer trampa con los mismos, entre muchas otras cosas, más de lo que queremos admitir dirán que en algún momento se aprovecharon de una situación o evitaron cumplir con un deber u obligación cuando tuvieron la oportunidad.
A esto digo yo: ¿qué diferencia tiene el que hace lo mismo pero con la oportunidad de hacerlo con más cantidad? Aquí es cuando digo que todos roban de acuerdo a la capacidad que tienen. Una persona que gana lo justo para pagar impuestos busca evitarlo; también lo hace un empresario que gana diez o cien veces más. ¿Cuál es la diferencia? La situación. Uno está en una posición donde puede ser corrupto con menos dinero y el otro con más. Nada más. No hay diferencia.
Pero esto molesta a la mayoría cuando se les dice, porque esa condena especial hacia los políticos les permite excusarse a sí mismos: “Ellos son malos porque roban millones; yo apenas unos cientos.” Qué excusa, ¿no?
Entonces veamos qué pasa cuando una persona acostumbrada a aprovecharse de unos cientos se encuentra con la oportunidad de hacerlo con miles. ¿No lo va a hacer? Esos miles, poco a poco, empiezan a parecerle pequeños.
Entonces, ¿no sería mejor admitir —para empezar a salir de estos problemas— que no es que los ladrones se metan a política, sino que existe una cultura de corrupción? Y que a medida que se sube en los escalones de poder, crece el monto, pero es la misma práctica que se origina desde abajo.
Los políticos no son extraterrestres que un día decidieron meterse a manipular y robar. Un político no es más que cualquier persona que conocemos que decide entrar en ese ambiente: algunos con malas intenciones desde el principio, y otros exactamente como el vecino o tú mismo que trampeas el medidor de luz o el agua.
Cuando se crean esos estándares, ¿qué podemos esperar? ¿Que una persona que se rodea de ese ambiente cambie súbitamente cuando entra en política? Con esto no busco justificar a los políticos, nada por el estilo. Todo lo contrario: político o no, la acción es la misma. La corrupción tiene que ser vista como tal a todo nivel, y como tal puede ser tratada desde el principio para reducirla a su mínima expresión posible en la sociedad.
De esa manera sería más fácil condenar a los corruptos por lo que son, y la población podría sentirse realmente indignada con aquellos expuestos por sus fechorías, sin justificar a un político ladrón porque “al menos hace” o porque “es familia”.
La corrupción es mala, pero no es algo exclusivo de los políticos: es algo de la cultura. Y realmente indigna más cuando nunca robas nada y viene alguien a aprovecharse. Entonces, si empezamos desde abajo a enseñar que lo ajeno no se toca, que hay que pagar nuestros compromisos, cumplir nuestros deberes, que lo que no es propio es de alguien más y que lo que tengamos es bueno cuando es trabajado y no viene de algún facilismo, en ese momento será más fácil acabar con grandes y múltiples organizaciones corruptas. Dejaremos a los corruptos para ese grupo de personas sin escrúpulos a quienes hay que aplicar la ley, y podremos tener una mayoría de ciudadanos honestos y racionales.
Porque eso de que “todos son corruptos” también nos acostumbra a aceptarlo. No, no todos son corruptos —ni los políticos ni las personas— pero si la cultura es corrupta desde que das tus primeros pasos en la vida, es más difícil pensar que las personas serán honestas en cargos de mayor poder.
Actualización 2026: Una década después: por qué el cambio empieza desde abajo
Han pasado más de diez años desde que empecé a plasmar este pensamiento. Nació de la frustración de la vida cotidiana, pero con el tiempo —y conociendo más culturas y realidades políticas— entendí que no era un caso aislado ni algo que surgía de la nada. Es más universal de lo que muchos quieren admitir.
A veces es frustrante ver cómo se admira algún aspecto de otra población —por ejemplo, cuando los japoneses limpian el estadio antes de irse— pero no se piensa si eso es algo que podríamos implementar en nuestra cultura. En lugar de reflexionar, algunos prefieren creer que es imposible por alguna razón absurda, casi como si aceptáramos que somos “inferiores” y le diéramos la razón a los mayores bárbaros que han existido. O podríamos, más bien, reflexionar con madurez y entender que en algo tan simple como cuidar lo común se esconde un principio fundamental: respetar lo ajeno, entender que la libertad solo existe en un ambiente donde no queramos ser los “vivos” que se aprovechan del supuesto tonto.
De la misma manera, en vez de endiosar políticos y pensar que necesitamos mesías, podríamos elegir cada vez más candidatos —del partido o corriente que sea— que vayan alineados con estos principios. Y, como se ha vuelto popular en estos últimos años, “cancelar” a aquellos que buscan distraernos peleándonos entre nosotros para esquivar sus responsabilidades. Porque sí, en la colonia hubo desigualdades, pero el político que usa eso para manipularte no está generando mejores oportunidades para ti ni para tus conciudadanos: está usando el sentimentalismo y la envidia para crear otra capa de separación entre ellos y el resto de la población.
La idea no es de un lado u otro. Si como sociedad queremos avanzar, debemos apoyar principios fundamentales y el crecimiento en conjunto. También implica dejar el ego de lado para entender que hay países que ya pasaron por muchas cosas y que, así como no tenemos que experimentar con la gente como conejillos de indias en medicina —porque científicos y doctores anteriores ya abrieron camino— podemos hacer lo mismo en sociedad, economía y desarrollo. No tenemos por qué copiar sistemas arcaicos ni peleas absurdas nacidas en siglos anteriores entre potencias desgastadas, arrastrándonos a la miseria mientras ellos ya van por otro rumbo.
La idea es entender que podemos subir todos, pero necesitamos de todos. Que la corrupción no se justifica por la cantidad de ceros, porque cada pedazo que alguien toma le quita algo a su prójimo. Que debemos empezar a sentir rechazo por los antivalores, poco a poco, eligiendo entre lo menos malo y empujando desde abajo el cambio social que pueda convertir a los sistemas y políticos antiguos en algo prehistórico y fuera de lugar.
Pero ese cambio no saldrá mientras sigamos atrapados en la tontería de la envidia, el ego y la falta de autocrítica. No avanzamos si no queremos que el avance sea generalizado. A todos nos conviene —y se nos haría más ameno— vivir en un país donde todos puedan vivir bien. Siempre habrá diferencias: el mundo no es una fantasía. Habrá capacidades distintas, crianzas distintas e incluso diferencias de oportunidades. Pero debe existir un mínimo básico de decencia y un sentido común compartido.
Y, sobre todo, debemos dejar de señalar sin querer cambiar nosotros mismos. El cambio empieza desde uno mismo. El cambio real y duradero. De lo contrario, estamos jugando un juego de sillas donde, dependiendo de quién se mueva, a algunos les salpica un poco… pero al final todos nos jodemos.
La idea es ser duros críticos de estas malas prácticas y malas costumbres al unísono, para que los líderes lo entiendan y cada vez haya más vergüenza social hacia la corrupción. Porque ese famoso “que se vayan todos” solo significa que alguien más tomará el puesto. Y si no cambiamos los medios, será simplemente una movida de sillas con el mismo resultado.
Una sociedad se construye en lo que hacemos cuando nadie nos ve.
🧾 Actualización editorial (Edición AI — 2026)
Este texto fue escrito originalmente entre 2015 y 2018, durante mis últimos años viviendo y trabajando en Venezuela, en medio de la descomposición social y económica que marcó esa etapa. En 2026 ha sido revisado nuevamente con apoyo de inteligencia artificial (AI), únicamente para corregir errores de ortografía, gramática y redacción propios de haberlo escrito rápido y sin pensar demasiado en la forma.
La narrativa, las ideas, las reflexiones y el mensaje original se mantienen intactos. La edición se limitó a mejorar la claridad y la coherencia, sin alterar el contenido ni la intención del autor.
martes, 2 de febrero de 2016
Recuerda que ¡Estamos en Venezuela!
Introducción contextual (Escrita en 2026 sobre un texto publicado originalmente en Venezuela el 02/03/2016)
El peligro de aceptar lo malo como ‘lo normal’
Una frase que, para el que no conoce cómo la usamos acá (admito que la he usado también más de una vez), pensaría que se trata de una cuestión de patriotismo. No podría estar más equivocado. La mayoría debe saber a qué me refiero: cuando ve que algo sale de la manera contraria a lo que se supone debería ser. Por ejemplo, ocurre una falla eléctrica y algún medio de comunicación dice que es una falla local que arreglarán en dos horas en un día específico, pero al final tarda diez horas. Se le ocurre a alguien hacer un comentario acerca de la diferencia entre lo publicado y la realidad, y no falta quien responda: “Recuerda que estamos en Venezuela”.
Así se aplica a una gran cantidad de situaciones (y al parecer se seguirán acrecentando). Francamente, la frase me parece chocante a pesar de haberla utilizado. Pienso que es una manera de denigrarnos, pero si prestamos atención, también es una manera de justificarnos.
Analicemos: al decir esta frase estamos, en cierta forma, dando a entender —no solo a los demás, sino a nosotros mismos— que dicha situación es algo normal, porque es lo acostumbrado. Entonces hacemos de esa mala costumbre una realidad que hay que aceptar porque “no queda otra”, en cierta forma dándonos incluso la oportunidad de poder hacerlo nosotros mismos o de no estar tan frustrados cuando nos pase.
Otro ejemplo podría ser situaciones en las que me he encontrado particularmente. Estando recién graduado de ingeniería y empezando a trabajar, muchas veces me quejé de cosas que no funcionaban —ni funcionan— en Venezuela acorde a estándares de países de primer mundo. Las respuestas obtenidas eran a modo de burla y con frases iguales o similares al título de este post. Y visto en muchas ocasiones de manera despectiva, como quien ve a un niño decir tonterías. Puedo decir que para mí esos momentos han sido frustrantes, razón por la cual trato de evitar utilizar la frase, entendiendo que de esa manera también se influye en los otros a que se acostumbren a que así son las cosas y que no podemos exigir más, sino acostumbrarnos.
Las experiencias que he pasado y que me han dejado marcado en esos aspectos me han hecho reflexionar acerca del impacto que tiene nuestra actitud conformista hacia lo que nos rodea. Es cierto que muchos pueden utilizar la frase como un supuesto juego y solo por costumbre, pero nuevamente ese permanente acostumbramiento a malas prácticas es lo que lleva a formar culturas no solo de estancamiento, sino de retroceso a todos los niveles. Esto no se aplica solo a un aspecto específico como fallas en servicios, sino a nuestra vida y cultura general.
Podría parecer que es dramático este post o mis opiniones emitidas a través del mismo. A lo que puedo decir que tal vez lo sean, y es necesario —a mi parecer— ser un poco más dramáticos o darle más importancia a ciertas costumbres que están afectando nuestra sociedad y que, si bien parecen inofensivas, se degeneran en altos niveles de corrupción, impunidad, bajos niveles de servicios y calidad de vida general, incluso la moral y ética de los ciudadanos.
¿Cómo puede llevar una cosa a la otra? Sencillamente porque, en el momento que aceptamos conductas inmorales —como la corrupción— porque “es lo normal”, o los bajos estándares en cualquier ámbito, nos estamos condenando a nosotros mismos a ese conformismo e incluso a identificarnos con eso en vez de luchar contra ello.
En un libro de Fernando Savater, él explicaba que la manera de evitar conductas inmorales era acostumbrarnos a sentirnos asqueados por ellas. Es decir, todo lo contrario. Por ejemplo, que nos sintamos horrorizados y ofendidos por la mentira que degenera en corrupción, hurto, robo y demás, en vez de aceptarla como algo natural.
Yo tengo la opinión de que mientras más nos acostumbremos a conductas inmorales y faltas de ética, bajos estándares, actos ilegales, entre otros, vamos a ir afianzando dichas acciones en nuestra sociedad hasta el punto de mal llamarlas parte de nuestra cultura. Así como se utiliza la “viveza criolla”, que no es más que una manera de explicar y justificar querer aprovecharse del prójimo, no importa si se viola la ley porque “es parte de la cultura” y denota supuestamente inteligencia, y no capacidad para delinquir.
Una anécdota acerca de esta frase que recuerdo en diversas ocasiones es una oportunidad en la que conversaba con un compañero de trabajo hace unos años acerca de las obras que había hecho el entonces alcalde de Pariaguán, un pueblo que se da a conocer prácticamente solo por su cercanía a yacimientos importantes de petróleo. En este caso pude notar que él argumentaba que el alcalde era bueno porque, en su opinión, había hecho más que otros alcaldes de distintas localidades, haciendo alusión principalmente a la cantidad de canchas, áreas recreativas, asfaltados y condiciones de algunos espacios públicos, así como el estado del hospital.
Debo decir que, así como le dije luego de discutirle un rato, tiene razón en cuanto a que en apariencia se ve mejor que otros. Pero, a mi parecer, pensando en lo que debería ser un pueblo cercano a un área petrolera, minera o cualquier otra que genera gran cantidad de ingresos a una región, me parecían —y siguen pareciendo— muy mediocres las condiciones del pueblo y localidades aledañas. A mi parecer, con ese dinero, esa zona no necesariamente tiene que convertirse en una mega ciudad con inmensos edificios y centros comerciales de manera de no perder su identidad. Pero la inversión debería verse en cuanto a una sincera planificación urbana, servicios de primer mundo, no estar llenos de invasiones o barrios marginales, tener sistemas universitarios con campus y preparación de primera, entre muchos otros aspectos. Tomando en cuenta aún más que la empresa petrolera paga impuestos a la alcaldía, así como las contratistas privadas deben hacer aportes a las comunidades.
Al final todo eso llevó a la misma conclusión de que yo estaba soñando, y que eso era posible en otros países porque, de hecho, siempre trato de leer acerca de innovaciones y los mejores en cuanto a muchos aspectos que afectan directamente la calidad de vida. Pero pienso que así debería ser. Es decir, si uno se compara con lo peor, siempre va a poder destacar fácilmente. Creo que la idea de un país en desarrollo debería ser tomar de ejemplo a países que sean los mejores en muchos aspectos e incluso combinar características para crear modelos mejores. Lamentablemente, no es nuestra costumbre y cada vez es más normal ver conformidad mientras retrocedemos aceleradamente y ni siquiera destacamos, a menos que comparemos características malas y salgamos a relucir como el peor, como lo es en delincuencia, inflación, corrupción, entre otros.
Independientemente de la razón para hacerlo, lo cierto es que inconscientemente nos estamos llevando a nosotros mismos a ese tipo de pensamiento mediocre: aceptar lo malo porque es normal, porque es lo acostumbrado, como si lo acostumbrado fuera parte de nosotros. Todo lo contrario: tenemos que entrenarnos para que aquello que no queremos que sea propio de nosotros nos parezca repulsivo e inaceptable, que no sea para nosotros algo típico que simplemente pasa. Tenemos que detenernos y empezar a ser críticos. La verdad es sorprendente cómo los venezolanos tenemos una gran capacidad para adaptarnos, cosa que puede ser buena, pero en este caso es simple conformismo, una flojera extrema porque nos convencemos antes de intentar pensar en lo correcto, en que igual no va a funcionar.
Lo más lamentable de todo esto es que esta actitud es contagiosa, aunque no lo parezca. Mientras más conformistas seamos, más convenceremos a otros de serlo, y poco a poco nos trazamos nosotros mismos nuestras condenas. Así como en el post en el que explicaba cómo le echamos la culpa de los robos y la delincuencia precisamente a aquel al que le violaron los derechos: por descuidado, tenía que saber que estaba en Venezuela. O sea, que era normal que le pasara algo así.
De igual manera, pienso que la primera responsabilidad para establecer un cambio tiene que ver con la valentía de cambiar uno mismo. Empezar por dejar de aceptar lo malo como normal, dejar las frases de conformismo, dejar de apuntar a lo común para la zona o justificar por qué estamos como estamos, y ver a aquellos que siguen mejorando y que destacan, y plantearse ser mejor. Creo que es hora de cambiar, pero un cambio sincero que empiece por esas cosas pequeñas. Recuerden que las costumbres van definiendo nuestra cultura, así que igualmente podemos cambiar y tomar cosas positivas para darle un giro a nuestro futuro.
Empecemos a decir que claro que es posible, y que recordar que estamos en Venezuela es porque aquí se puede pensar más allá y somos intolerantes con lo inmoral, lo antiético y el conformismo. Si nosotros nos permitimos acostumbrarnos al retroceso y no empezamos a luchar contra estas malas costumbres, nos estaremos perdiendo a nosotros mismos.
Actualización 2026
Si queremos un país distinto, tenemos que dejar de normalizar lo que nos atrasa y empezar a sentir vergüenza de aquello que nunca debió ser parte de nuestra identidad.
Revisado con inteligencia artificial (AI) en 2026, sin alterar ni una palabra del mensaje original. Solo se ajustó ortografía y redacción. Supervisado por el autor y su asistente subpagado AI 😎.
martes, 29 de septiembre de 2015
Quítate tu para ponerme yo
Cuando la competencia solo busca eliminar la competencia
Los debates políticos como termómetro de cualidades.
La competencia tiene que ser para determinar el más apto para el cargo, así que no puede ser una competencia de quién habla más bonito, o le queda mejor un color, o habla más duro, o es más simpático, o corre más rápido —por decir algunos absurdos—, que por muy absurdos que parezcan, es como a veces elegimos un candidato. ¿Cuáles son los parámetros que ellos usan? Algo muy interesante: debates políticos, basados en lo que debería afrontar una persona en ese cargo, como lo es el presidencial. Es decir, van a competir por quién tiene mejores conocimientos de economía, seguridad social, seguridad jurídica, índices de crecimiento, política exterior, seguridad y soberanía nacional, planificación urbana, inmigración y emigración, políticas educativas, políticas de producción alimentaria, entre muchos otros temas que pueden discutirse juntos, ya que están entrelazados.
Lo anterior suena excelente: nuestros candidatos para los cargos más importantes teniendo que competir por determinar quiénes son los más aptos de cada tendencia, y que luego estos compitan con los más aptos de las otras tendencias. Los beneficios que esto traería no serían solo determinar quiénes son los más aptos al final, sino también descartar a aquellos que realmente sean incapaces o simplemente estén en la política para quitar al otro del poder. Igualmente permitiría dar paso a nuevos prospectos que gradualmente vayan tomando la escena y permitan cambios y progreso, así como la renovación y mejoramiento permanente de los sistemas ya establecidos.
Ahora, ese es el caso del proceso para demostrar las cualidades de los candidatos, del cual se requerirían parámetros establecidos, así como la propagación mediática de dicho proceso.
Pensemos un poco y seamos sinceros con nosotros mismos: ¿cuántos gobernantes en las distintas instancias que hemos tenido actualmente, sin importar su distinción política, serían aptos para este proceso público y abierto? ¿Cuántos querrían medirse con otros? La negación a esa competitividad y apertura ante el pueblo —que es quien tiene la decisión— es lo que precisamente nos debería llevar a descartar a un candidato. Aquel que no quiera medirse no es apto para gobernar, porque quien tenga las cualificaciones tiene que demostrarlo y competir abiertamente.
También tenemos un caso más polémico: el de llamar la atención, amonestar o incluso determinar la continuidad de un funcionario en su cargo. Allí también tenemos que actuar. Para esto sí tenemos herramientas como denuncias, referéndum, entre otros. Pero nos falta algo que lamentablemente nos hemos acostumbrado a no tener por decisión de nuestros actuales gobernantes: algo muy importante que deberíamos exigir —estadísticas e índices.
Actualmente vemos que la publicación de ciertas estadísticas o índices es algo problemático; incluso se eliminaron algunas como las de homicidios. Allí cometimos un grave error como ciudadanos, porque nosotros somos quienes debemos tener la potestad de evaluar, a través de diferentes entes investigativos, la gestión que esté realizando un gobernante. Es decir, no podemos dejar que el mismo gobernante se evalúe a sí mismo y nos dé las estadísticas que le convengan. Hay que ser más inteligentes y exigir como derecho la libre información sobre las cosas más importantes: índices delictivos (robos, homicidios, hurtos, agresiones, entre otros), índices económicos (crecimiento, PIB, inflación, devaluación, desempleo, empleo formal e informal), índices de seguridad jurídica, índices de seguridad social, índices de emigración e inmigración, estadísticas de crecimiento productivo y del sector construcción, entre muchos otros. Estos deberían permitirnos comparar libremente entre diversos analistas, incluyendo los oficiales, la veracidad y efectividad del gobierno en sus propuestas y funciones.
Ante todo lo anterior, hace falta algo muy importante: nuestra participación. De hecho, no funciona por nuestra apatía principalmente.
Tal vez algo tímidos, sin mucho que debatir realmente, pero fue una iniciativa correcta para retornar a algo que ya teníamos y nos dejamos quitar.
Por esto digo que lo necesario para que todo esto funcione es nuestra voluntad. El poder lo tenemos nosotros para exigir y demostrar qué es lo que queremos, a través de votos e incluso de la audiencia que se dedique a ver esos debates. Mientras más atención le demos a aquello que es lo correcto, o que va en camino a eso, mejor será nuestro avance en la construcción de modelos no solo más democráticos, sino más eficientes.
No sirve de nada, a mi parecer, tener una supuesta democracia en la que hagan lo que quieran con nosotros porque no nos importe. ¿Para qué tener libertad de elegir o derechos si no los ejercemos y hacemos cumplir?
Para finalizar, quisiera aconsejar que nos evaluemos a nosotros mismos, sincerarnos y determinar si queremos seguir siendo dirigidos por cualquiera que se ponga una camisa, o dé unos discursos poéticos, o si de verdad vamos a empezar a realizar que un mal gerente o personal puede dañar una empresa, hasta quebrarla… Pero un dirigente político mal elegido puede significar que mañana no tengas agua, no tengas techo, no tengas comida, no tengas libertad de tránsito por tu país, no puedas salir por miedo a la delincuencia, no puedas comprar el producto que te gusta, no puedas opinar, e incluso que tú o un familiar no tengan más vida.
Por lo tanto, lo ideal es empezar a apoyar aquello que se acerca a mejores medios para determinar los mejores candidatos a dirigir nuestro país en sus distintas dimensiones. Y comprender que a veces no es el que mejor me habla el mejor candidato, sino el más apto para generar progreso real en la zona en la que vivo.
Así que empecemos por nosotros a apoyar sistemas, iniciativas o corrientes que nos permitan seleccionar mejor. Porque, aunque no sean de nuestro partido o ideologías favoritas, al apoyarlas las demás se tendrán que unir, y así podremos exigir lo que realmente nos conviene a todos como ciudadanos de un país.
El voto castigo hace más efecto que no votar. No te hace un traidor; al contrario, le enseña a tus gobernantes y partidos políticos cómo deben hacer las cosas si quieren tu voto.
🧭 Conclusión final — Reflexión 2026
Han pasado más de diez años desde que escribí este texto, y aunque el contexto político ha cambiado, el fondo del mensaje sigue vigente. La competencia sin mérito continúa siendo uno de los mayores males de nuestra sociedad, y los sistemas que deberían premiar la preparación siguen siendo vulnerables al oportunismo. Sin embargo, también hemos aprendido que el ciudadano informado, crítico y participativo puede ser el verdadero contrapeso del poder. Hoy, más que nunca, los debates, las estadísticas y la transparencia deben ser nuestras herramientas para medir la capacidad de quienes aspiran a dirigirnos. El cambio no depende solo de los líderes, sino de nuestra voluntad de exigir calidad, coherencia y resultados. La democracia no se destruye por el error de un político, sino por la indiferencia de un pueblo.
Una cosa que facilita el trabajo de los líderes corruptos es el falso nacionalismo y la tribalidad. Mientras más nos encerremos en grupos, etiquetas o mentalidades específicas, más fácil es para esos grupos manipular la retórica sobre qué debemos elegir o continuar. El mensaje más sano que deberíamos tener es simple: somos venezolanos, somos ciudadanos. Nuestra identidad nacional y nuestro sentir común deben estar por encima de cualquier grupo —religioso, político o ideológico— y permitirnos apoyar lo que realmente beneficie el progreso del país.
Y cuando hablo de progreso, no me refiero a dádivas, regalías o populismo, sino a superación real, generación de bienestar, crecimiento sostenible y oportunidades para la mayor cantidad de ciudadanos. Debemos dejar de seguir corrientes externas o de pensar que nuestra prosperidad depende de contratos con uno u otro país. A la final, esas potencias buscan sus propios beneficios y pactan entre sí. Lo que necesitamos es desarrollar nuestro potencial y aceptar relaciones internacionales que generen el mayor beneficio para la población, con visión de futuro y valores sólidos.
El desarrollo de un país no puede decidirse por popularidad política. Necesitamos instituciones fuertes, capaces de planificar y ejecutar proyectos de salud, infraestructura, economía, seguridad, educación y bienestar social, basadas en el ideal de mayor bienestar colectivo y libertad individual. No podemos ser tan arrogantes como para creer que nadie sabe qué es lo mejor para otro, ni tan ingenuos como para pensar que un “todos contra todos” beneficia el desarrollo social.
Una comunidad requiere estándares generales que impulsen su desarrollo y estabilidad, sin necesidad de oprimir la libertad ni las diferencias individuales. Podemos tener distintas formas de ver la vida, pero hay cosas básicas que no pueden diferir: no podemos vivir sin acceso a servicios básicos, con basura en las calles, en zonas propensas a desastres naturales, sin infraestructura adecuada, sin salud ni educación de calidad, sin seguridad personal y jurídica, ni sin libertad de pensar y autosuperarse.
Cada quien define su felicidad y su forma de vida, pero esa realización ocurre dentro de un entorno que debe permitirla, pensando también en los más vulnerables. No porque yo pueda saltar entre aceras mal hechas significa que un anciano o un bebé puedan hacerlo. La riqueza individual se valora cuando todos viven bien. Mientras más personas tengan calidad de vida alrededor, más agradable y estable se vuelve la sociedad.
Antes de irnos a lo particular, espiritual o ideológico, debemos ser lo suficientemente críticos para exigir y construir el bien común, sin seguir tendencias vacías o popularidades importadas. Cada país es complejo, ninguno está lleno de ángeles, pero nuestras relaciones internacionales deben basarse en el beneficio de la población, el desarrollo futuro y el respeto a la vida y al bienestar personal.
Cada quien puede seguir la creencia o principio que desee, siempre que se base en el respeto al prójimo y en el bienestar personal y social. Si una ideología o religión se basa en la dominación o alienación de un grupo, va contra el bienestar nacional, y punto. Sin complicaciones.
Si un político no habla como artista pero tiene ideas de desarrollo y superación, es de considerar. Recordemos: esto no es un concurso de popularidad ni de simpatía; se trata de que todos tengamos una idea común de superación y crecimiento. Nadie será perfecto, pero se construye enseñando a los gobernantes que no tienen poder absoluto, que deben alternarse con el tiempo y que el progreso se edifica sobre lo ya logrado. El que venga a destruir el avance anterior no es aceptado.
Esta es mi percepción luego de más de diez años, con más experiencia y cansado de las tribalizaciones estúpidas mientras los líderes se aprovechan de ellas. La verdadera evolución empieza cuando dejamos de pelear por banderas y empezamos a construir por principios.