martes, 29 de septiembre de 2015

Quítate tu para ponerme yo







🟦 Introducción contextual (Escrita en 2026 sobre un texto de 2015)

Este artículo fue escrito originalmente el 30 de septiembre de 2015, mientras vivía en Venezuela y trataba de entender, desde mi propia ignorancia y curiosidad, el entorno político anormal que nos rodeaba.
En aquel momento, nuestra democracia ya estaba profundamente afectada por las distorsiones del llamado socialismo del siglo XXI, la destrucción institucional y la manipulación de los procesos que deberían garantizar equilibrio, transparencia y progreso.
Este texto nació como un intento personal de comprender qué estaba fallando, qué podía mejorar y cómo debería funcionar realmente la competencia política en un país que había perdido sus parámetros democráticos básicos.

Cuando la competencia solo busca eliminar la competencia

Algo que ocurre frecuentemente, y más aún ahora, es que en cuestiones de poder las personas quieran sacar a otro del camino para obtener el poder o privilegio que tenía (legítimamente o no).
Probablemente algo basado en nuestra competitividad como seres humanos —algunos más que otros—, siempre queriendo ser superiores a otros.
Generalmente esto nos permite, en muchos casos, un orden más “animal”, por así decirlo, de la supervivencia (o en este caso, imposición) del más fuerte, más apto o incluso más cruel.
No necesariamente siempre es bueno ni tampoco malo; a veces es solo necesario.

En el caso de la política, los cambios son necesarios; de lo contrario, como sociedad no hubiéramos llegado a los avances actuales, por supuesto con sus fallas también.
Lo importante es que, por algún cambio hacia algo malo, no se debe evitar seguir intentando nuevas direcciones o considerando nuevas ideas.
Hay que recordar que, si no se hubiera considerado un cambio hace siglos, la esclavitud seguiría existiendo, o las mujeres no podrían votar ni trabajar, entre muchos otros ejemplos.

En general, en muchos ámbitos de nuestra vida se aplica esto de desplazar a otros o ser desplazados para dar paso a individuos con más o mejores capacidades.
Lamentablemente eso es en teoría; lo regular es que, con el pasar del tiempo, ocurra esto siempre por ese apetito de superación, existiendo cambios graduales en posiciones que van dando paso a nuevas estructuras, parámetros o niveles más altos a superar, poniendo la barra encima de la anterior.

En teoría esto es lo más idóneo, pero no es de lo que trata el título del artículo.
Este título trata de esos casos en los que la competencia hacia el cambio solo quiere eliminar la competencia.
Me explico: aquellos casos —que sabemos que son muchos— en los que una persona quiere desplazar a otra solo por ser quien está allí.
Cosa que no ocurre en los deportes, por ejemplo, donde para obtener un puesto que tiene otro hay que superar sus habilidades y establecer un nivel superior al anterior.
Lamentablemente, en política vemos actualmente que las personas suplantan a otras solo por tener el poder de aquella, pero sin traer nada nuevo.
Eso, a niveles gubernamentales, genera retraso, porque en política ser mediocre no te mantiene al mismo nivel: te hunde.

Los debates políticos como termómetro de cualidades.

Tal vez lo más lamentable es que esto ocurre por nuestros sistemas democráticos y nuestra propia falta de decisión o preparación para determinar mejores candidatos.
Analicemos lo anterior con un ejemplo: cuando se va a contratar personal en una empresa respetable, generalmente se requiere un estudio de las cualidades necesarias para el cargo, determinadas por departamentos gerenciales que le permitan a un reclutador profesional seleccionar al individuo más indicado.
Para esto se pueden tener muchos requerimientos o algunos básicos, dependiendo de la posición y responsabilidades del personal a contratar.
Perfecto, esto no garantiza un 100% de éxito ni que se tendrá al mejor personal posible, pero da un rango de efectividad bastante favorable y pocos errores.
De igual manera, al estar establecidas dichas funciones y responsabilidades, es más fácil y efectivo juzgar su desempeño para amonestarlo, llamarle la atención o incluso retirarlo del cargo y sustituirlo, no por ser malo o déspota, sino por el bien común de la empresa que tiene que funcionar correctamente.
Para eso se requiere que cada cargo tenga personas lo suficientemente hábiles.

Ahora pensemos: eso ocurre en una empresa que, si bien beneficia a muchos trabajadores, dueños y terceros que requieran de sus productos o servicios, no tiene la importancia de un líder político en cualquiera de sus cargos.
Así que, en teoría, debería tener un proceso más estricto para su selección, supervisión y evaluación en distintos períodos, de manera de determinar si es apto para sus funciones, si al ser electo continúa en el cargo o si se tiene que sustituir.
Esto debería ser lo ideal, pero lamentablemente no es así.

Para empezar, ¿cómo se elige un funcionario para un cargo político?
Lo que hacemos es ir a elecciones y votar.
Perfecto, allí entonces tenemos que realizar que nosotros hacemos el papel del grupo gerencial que aprueba la contratación; el grupo reclutador serán los partidos políticos o personas por voluntad propia que se ofrezcan para los cargos.
Todo esto suena bien, pero entonces: ¿cómo decidir quién es el mejor representante para un cargo? ¿cómo dar los parámetros a nuestros reclutadores?, ¿acaso ellos realmente nos ofrecen al mejor candidato o solo a uno que les genere más beneficios a sus allegados?

Preguntas complejas que pueden generar controversia o debate.
Pero quisiera dar un ejemplo de cómo establecer parámetros para lo anterior.
En ciertas oportunidades, viendo el proceso de elecciones de Estados Unidos (sin considerar que sea un sistema perfecto o el más idóneo), he podido ver que, previo a la selección de un candidato de alguno de los dos partidos principales, entre ellos mismos deben establecer libremente sus candidaturas.
Luego pasan por un proceso de campaña en el que tienen que competir para determinar quién va a representar a cada partido en las elecciones presidenciales.

Ahora, suena bien, pero ¿competir cómo?

La competencia tiene que ser para determinar el más apto para el cargo, así que no puede ser una competencia de quién habla más bonito, o le queda mejor un color, o habla más duro, o es más simpático, o corre más rápido —por decir algunos absurdos—, que por muy absurdos que parezcan, es como a veces elegimos un candidato. ¿Cuáles son los parámetros que ellos usan? Algo muy interesante: debates políticos, basados en lo que debería afrontar una persona en ese cargo, como lo es el presidencial. Es decir, van a competir por quién tiene mejores conocimientos de economía, seguridad social, seguridad jurídica, índices de crecimiento, política exterior, seguridad y soberanía nacional, planificación urbana, inmigración y emigración, políticas educativas, políticas de producción alimentaria, entre muchos otros temas que pueden discutirse juntos, ya que están entrelazados.

Lo anterior suena excelente: nuestros candidatos para los cargos más importantes teniendo que competir por determinar quiénes son los más aptos de cada tendencia, y que luego estos compitan con los más aptos de las otras tendencias. Los beneficios que esto traería no serían solo determinar quiénes son los más aptos al final, sino también descartar a aquellos que realmente sean incapaces o simplemente estén en la política para quitar al otro del poder. Igualmente permitiría dar paso a nuevos prospectos que gradualmente vayan tomando la escena y permitan cambios y progreso, así como la renovación y mejoramiento permanente de los sistemas ya establecidos.

Ahora, ese es el caso del proceso para demostrar las cualidades de los candidatos, del cual se requerirían parámetros establecidos, así como la propagación mediática de dicho proceso.

Pensemos un poco y seamos sinceros con nosotros mismos: ¿cuántos gobernantes en las distintas instancias que hemos tenido actualmente, sin importar su distinción política, serían aptos para este proceso público y abierto? ¿Cuántos querrían medirse con otros? La negación a esa competitividad y apertura ante el pueblo —que es quien tiene la decisión— es lo que precisamente nos debería llevar a descartar a un candidato. Aquel que no quiera medirse no es apto para gobernar, porque quien tenga las cualificaciones tiene que demostrarlo y competir abiertamente.

También tenemos un caso más polémico: el de llamar la atención, amonestar o incluso determinar la continuidad de un funcionario en su cargo. Allí también tenemos que actuar. Para esto sí tenemos herramientas como denuncias, referéndum, entre otros. Pero nos falta algo que lamentablemente nos hemos acostumbrado a no tener por decisión de nuestros actuales gobernantes: algo muy importante que deberíamos exigir —estadísticas e índices.

Actualmente vemos que la publicación de ciertas estadísticas o índices es algo problemático; incluso se eliminaron algunas como las de homicidios. Allí cometimos un grave error como ciudadanos, porque nosotros somos quienes debemos tener la potestad de evaluar, a través de diferentes entes investigativos, la gestión que esté realizando un gobernante. Es decir, no podemos dejar que el mismo gobernante se evalúe a sí mismo y nos dé las estadísticas que le convengan. Hay que ser más inteligentes y exigir como derecho la libre información sobre las cosas más importantes: índices delictivos (robos, homicidios, hurtos, agresiones, entre otros), índices económicos (crecimiento, PIB, inflación, devaluación, desempleo, empleo formal e informal), índices de seguridad jurídica, índices de seguridad social, índices de emigración e inmigración, estadísticas de crecimiento productivo y del sector construcción, entre muchos otros. Estos deberían permitirnos comparar libremente entre diversos analistas, incluyendo los oficiales, la veracidad y efectividad del gobierno en sus propuestas y funciones.

Ante todo lo anterior, hace falta algo muy importante: nuestra participación. De hecho, no funciona por nuestra apatía principalmente. 

Creo que una iniciativa muy buena del sector de la Mesa de la Unidad, antes de elegir por votaciones a su candidato a las elecciones presidenciales hace unos años, fue la de hacer unos debates.

Tal vez algo tímidos, sin mucho que debatir realmente, pero fue una iniciativa correcta para retornar a algo que ya teníamos y nos dejamos quitar.

Por esto digo que lo necesario para que todo esto funcione es nuestra voluntad. El poder lo tenemos nosotros para exigir y demostrar qué es lo que queremos, a través de votos e incluso de la audiencia que se dedique a ver esos debates. Mientras más atención le demos a aquello que es lo correcto, o que va en camino a eso, mejor será nuestro avance en la construcción de modelos no solo más democráticos, sino más eficientes.

No sirve de nada, a mi parecer, tener una supuesta democracia en la que hagan lo que quieran con nosotros porque no nos importe. ¿Para qué tener libertad de elegir o derechos si no los ejercemos y hacemos cumplir?

Para finalizar, quisiera aconsejar que nos evaluemos a nosotros mismos, sincerarnos y determinar si queremos seguir siendo dirigidos por cualquiera que se ponga una camisa, o dé unos discursos poéticos, o si de verdad vamos a empezar a realizar que un mal gerente o personal puede dañar una empresa, hasta quebrarla… Pero un dirigente político mal elegido puede significar que mañana no tengas agua, no tengas techo, no tengas comida, no tengas libertad de tránsito por tu país, no puedas salir por miedo a la delincuencia, no puedas comprar el producto que te gusta, no puedas opinar, e incluso que tú o un familiar no tengan más vida.

Por lo tanto, lo ideal es empezar a apoyar aquello que se acerca a mejores medios para determinar los mejores candidatos a dirigir nuestro país en sus distintas dimensiones. Y comprender que a veces no es el que mejor me habla el mejor candidato, sino el más apto para generar progreso real en la zona en la que vivo.

Así que empecemos por nosotros a apoyar sistemas, iniciativas o corrientes que nos permitan seleccionar mejor. Porque, aunque no sean de nuestro partido o ideologías favoritas, al apoyarlas las demás se tendrán que unir, y así podremos exigir lo que realmente nos conviene a todos como ciudadanos de un país.

El voto castigo hace más efecto que no votar. No te hace un traidor; al contrario, le enseña a tus gobernantes y partidos políticos cómo deben hacer las cosas si quieren tu voto.

🧭 Conclusión final — Reflexión 2026

Han pasado más de diez años desde que escribí este texto, y aunque el contexto político ha cambiado, el fondo del mensaje sigue vigente. La competencia sin mérito continúa siendo uno de los mayores males de nuestra sociedad, y los sistemas que deberían premiar la preparación siguen siendo vulnerables al oportunismo. Sin embargo, también hemos aprendido que el ciudadano informado, crítico y participativo puede ser el verdadero contrapeso del poder. Hoy, más que nunca, los debates, las estadísticas y la transparencia deben ser nuestras herramientas para medir la capacidad de quienes aspiran a dirigirnos. El cambio no depende solo de los líderes, sino de nuestra voluntad de exigir calidad, coherencia y resultados. La democracia no se destruye por el error de un político, sino por la indiferencia de un pueblo.

Una cosa que facilita el trabajo de los líderes corruptos es el falso nacionalismo y la tribalidad. Mientras más nos encerremos en grupos, etiquetas o mentalidades específicas, más fácil es para esos grupos manipular la retórica sobre qué debemos elegir o continuar. El mensaje más sano que deberíamos tener es simple: somos venezolanos, somos ciudadanos. Nuestra identidad nacional y nuestro sentir común deben estar por encima de cualquier grupo —religioso, político o ideológico— y permitirnos apoyar lo que realmente beneficie el progreso del país.

Y cuando hablo de progreso, no me refiero a dádivas, regalías o populismo, sino a superación real, generación de bienestar, crecimiento sostenible y oportunidades para la mayor cantidad de ciudadanos. Debemos dejar de seguir corrientes externas o de pensar que nuestra prosperidad depende de contratos con uno u otro país. A la final, esas potencias buscan sus propios beneficios y pactan entre sí. Lo que necesitamos es desarrollar nuestro potencial y aceptar relaciones internacionales que generen el mayor beneficio para la población, con visión de futuro y valores sólidos.

El desarrollo de un país no puede decidirse por popularidad política. Necesitamos instituciones fuertes, capaces de planificar y ejecutar proyectos de salud, infraestructura, economía, seguridad, educación y bienestar social, basadas en el ideal de mayor bienestar colectivo y libertad individual. No podemos ser tan arrogantes como para creer que nadie sabe qué es lo mejor para otro, ni tan ingenuos como para pensar que un “todos contra todos” beneficia el desarrollo social.

Una comunidad requiere estándares generales que impulsen su desarrollo y estabilidad, sin necesidad de oprimir la libertad ni las diferencias individuales. Podemos tener distintas formas de ver la vida, pero hay cosas básicas que no pueden diferir: no podemos vivir sin acceso a servicios básicos, con basura en las calles, en zonas propensas a desastres naturales, sin infraestructura adecuada, sin salud ni educación de calidad, sin seguridad personal y jurídica, ni sin libertad de pensar y autosuperarse.

Cada quien define su felicidad y su forma de vida, pero esa realización ocurre dentro de un entorno que debe permitirla, pensando también en los más vulnerables. No porque yo pueda saltar entre aceras mal hechas significa que un anciano o un bebé puedan hacerlo. La riqueza individual se valora cuando todos viven bien. Mientras más personas tengan calidad de vida alrededor, más agradable y estable se vuelve la sociedad.

Antes de irnos a lo particular, espiritual o ideológico, debemos ser lo suficientemente críticos para exigir y construir el bien común, sin seguir tendencias vacías o popularidades importadas. Cada país es complejo, ninguno está lleno de ángeles, pero nuestras relaciones internacionales deben basarse en el beneficio de la población, el desarrollo futuro y el respeto a la vida y al bienestar personal.

Cada quien puede seguir la creencia o principio que desee, siempre que se base en el respeto al prójimo y en el bienestar personal y social. Si una ideología o religión se basa en la dominación o alienación de un grupo, va contra el bienestar nacional, y punto. Sin complicaciones.

Si un político no habla como artista pero tiene ideas de desarrollo y superación, es de considerar. Recordemos: esto no es un concurso de popularidad ni de simpatía; se trata de que todos tengamos una idea común de superación y crecimiento. Nadie será perfecto, pero se construye enseñando a los gobernantes que no tienen poder absoluto, que deben alternarse con el tiempo y que el progreso se edifica sobre lo ya logrado. El que venga a destruir el avance anterior no es aceptado.

Esta es mi percepción luego de más de diez años, con más experiencia y cansado de las tribalizaciones estúpidas mientras los líderes se aprovechan de ellas. La verdadera evolución empieza cuando dejamos de pelear por banderas y empezamos a construir por principios.

🧾 Disclaimer editorial (Edición AI — 2026)

Este texto fue escrito originalmente el 30 de septiembre de 2015 y publicado en ese mismo año.
En 2026 ha sido revisado nuevamente con la ayuda de mi Editor Subpagado AI 😎, únicamente para corregir ortografía, gramática y redacción, sin alterar el mensaje, la intención ni la estructura original.
Este proceso busca preservar el contexto histórico en el que fue escrito, mientras se aprovechan las herramientas actuales para presentarlo con mayor claridad.



“La revolución real ocurre cuando dejamos de aplaudir lealtades y empezamos a exigir capacidades.”




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