Cuando la competencia solo busca eliminar la competencia
Los debates políticos como termómetro de cualidades.
La competencia tiene que ser para determinar el más apto para el cargo, así que no puede ser una competencia de quién habla más bonito, o le queda mejor un color, o habla más duro, o es más simpático, o corre más rápido —por decir algunos absurdos—, que por muy absurdos que parezcan, es como a veces elegimos un candidato. ¿Cuáles son los parámetros que ellos usan? Algo muy interesante: debates políticos, basados en lo que debería afrontar una persona en ese cargo, como lo es el presidencial. Es decir, van a competir por quién tiene mejores conocimientos de economía, seguridad social, seguridad jurídica, índices de crecimiento, política exterior, seguridad y soberanía nacional, planificación urbana, inmigración y emigración, políticas educativas, políticas de producción alimentaria, entre muchos otros temas que pueden discutirse juntos, ya que están entrelazados.
Lo anterior suena excelente: nuestros candidatos para los cargos más importantes teniendo que competir por determinar quiénes son los más aptos de cada tendencia, y que luego estos compitan con los más aptos de las otras tendencias. Los beneficios que esto traería no serían solo determinar quiénes son los más aptos al final, sino también descartar a aquellos que realmente sean incapaces o simplemente estén en la política para quitar al otro del poder. Igualmente permitiría dar paso a nuevos prospectos que gradualmente vayan tomando la escena y permitan cambios y progreso, así como la renovación y mejoramiento permanente de los sistemas ya establecidos.
Ahora, ese es el caso del proceso para demostrar las cualidades de los candidatos, del cual se requerirían parámetros establecidos, así como la propagación mediática de dicho proceso.
Pensemos un poco y seamos sinceros con nosotros mismos: ¿cuántos gobernantes en las distintas instancias que hemos tenido actualmente, sin importar su distinción política, serían aptos para este proceso público y abierto? ¿Cuántos querrían medirse con otros? La negación a esa competitividad y apertura ante el pueblo —que es quien tiene la decisión— es lo que precisamente nos debería llevar a descartar a un candidato. Aquel que no quiera medirse no es apto para gobernar, porque quien tenga las cualificaciones tiene que demostrarlo y competir abiertamente.
También tenemos un caso más polémico: el de llamar la atención, amonestar o incluso determinar la continuidad de un funcionario en su cargo. Allí también tenemos que actuar. Para esto sí tenemos herramientas como denuncias, referéndum, entre otros. Pero nos falta algo que lamentablemente nos hemos acostumbrado a no tener por decisión de nuestros actuales gobernantes: algo muy importante que deberíamos exigir —estadísticas e índices.
Actualmente vemos que la publicación de ciertas estadísticas o índices es algo problemático; incluso se eliminaron algunas como las de homicidios. Allí cometimos un grave error como ciudadanos, porque nosotros somos quienes debemos tener la potestad de evaluar, a través de diferentes entes investigativos, la gestión que esté realizando un gobernante. Es decir, no podemos dejar que el mismo gobernante se evalúe a sí mismo y nos dé las estadísticas que le convengan. Hay que ser más inteligentes y exigir como derecho la libre información sobre las cosas más importantes: índices delictivos (robos, homicidios, hurtos, agresiones, entre otros), índices económicos (crecimiento, PIB, inflación, devaluación, desempleo, empleo formal e informal), índices de seguridad jurídica, índices de seguridad social, índices de emigración e inmigración, estadísticas de crecimiento productivo y del sector construcción, entre muchos otros. Estos deberían permitirnos comparar libremente entre diversos analistas, incluyendo los oficiales, la veracidad y efectividad del gobierno en sus propuestas y funciones.
Ante todo lo anterior, hace falta algo muy importante: nuestra participación. De hecho, no funciona por nuestra apatía principalmente.
Tal vez algo tímidos, sin mucho que debatir realmente, pero fue una iniciativa correcta para retornar a algo que ya teníamos y nos dejamos quitar.
Por esto digo que lo necesario para que todo esto funcione es nuestra voluntad. El poder lo tenemos nosotros para exigir y demostrar qué es lo que queremos, a través de votos e incluso de la audiencia que se dedique a ver esos debates. Mientras más atención le demos a aquello que es lo correcto, o que va en camino a eso, mejor será nuestro avance en la construcción de modelos no solo más democráticos, sino más eficientes.
No sirve de nada, a mi parecer, tener una supuesta democracia en la que hagan lo que quieran con nosotros porque no nos importe. ¿Para qué tener libertad de elegir o derechos si no los ejercemos y hacemos cumplir?
Para finalizar, quisiera aconsejar que nos evaluemos a nosotros mismos, sincerarnos y determinar si queremos seguir siendo dirigidos por cualquiera que se ponga una camisa, o dé unos discursos poéticos, o si de verdad vamos a empezar a realizar que un mal gerente o personal puede dañar una empresa, hasta quebrarla… Pero un dirigente político mal elegido puede significar que mañana no tengas agua, no tengas techo, no tengas comida, no tengas libertad de tránsito por tu país, no puedas salir por miedo a la delincuencia, no puedas comprar el producto que te gusta, no puedas opinar, e incluso que tú o un familiar no tengan más vida.
Por lo tanto, lo ideal es empezar a apoyar aquello que se acerca a mejores medios para determinar los mejores candidatos a dirigir nuestro país en sus distintas dimensiones. Y comprender que a veces no es el que mejor me habla el mejor candidato, sino el más apto para generar progreso real en la zona en la que vivo.
Así que empecemos por nosotros a apoyar sistemas, iniciativas o corrientes que nos permitan seleccionar mejor. Porque, aunque no sean de nuestro partido o ideologías favoritas, al apoyarlas las demás se tendrán que unir, y así podremos exigir lo que realmente nos conviene a todos como ciudadanos de un país.
El voto castigo hace más efecto que no votar. No te hace un traidor; al contrario, le enseña a tus gobernantes y partidos políticos cómo deben hacer las cosas si quieren tu voto.
🧭 Conclusión final — Reflexión 2026
Han pasado más de diez años desde que escribí este texto, y aunque el contexto político ha cambiado, el fondo del mensaje sigue vigente. La competencia sin mérito continúa siendo uno de los mayores males de nuestra sociedad, y los sistemas que deberían premiar la preparación siguen siendo vulnerables al oportunismo. Sin embargo, también hemos aprendido que el ciudadano informado, crítico y participativo puede ser el verdadero contrapeso del poder. Hoy, más que nunca, los debates, las estadísticas y la transparencia deben ser nuestras herramientas para medir la capacidad de quienes aspiran a dirigirnos. El cambio no depende solo de los líderes, sino de nuestra voluntad de exigir calidad, coherencia y resultados. La democracia no se destruye por el error de un político, sino por la indiferencia de un pueblo.
Una cosa que facilita el trabajo de los líderes corruptos es el falso nacionalismo y la tribalidad. Mientras más nos encerremos en grupos, etiquetas o mentalidades específicas, más fácil es para esos grupos manipular la retórica sobre qué debemos elegir o continuar. El mensaje más sano que deberíamos tener es simple: somos venezolanos, somos ciudadanos. Nuestra identidad nacional y nuestro sentir común deben estar por encima de cualquier grupo —religioso, político o ideológico— y permitirnos apoyar lo que realmente beneficie el progreso del país.
Y cuando hablo de progreso, no me refiero a dádivas, regalías o populismo, sino a superación real, generación de bienestar, crecimiento sostenible y oportunidades para la mayor cantidad de ciudadanos. Debemos dejar de seguir corrientes externas o de pensar que nuestra prosperidad depende de contratos con uno u otro país. A la final, esas potencias buscan sus propios beneficios y pactan entre sí. Lo que necesitamos es desarrollar nuestro potencial y aceptar relaciones internacionales que generen el mayor beneficio para la población, con visión de futuro y valores sólidos.
El desarrollo de un país no puede decidirse por popularidad política. Necesitamos instituciones fuertes, capaces de planificar y ejecutar proyectos de salud, infraestructura, economía, seguridad, educación y bienestar social, basadas en el ideal de mayor bienestar colectivo y libertad individual. No podemos ser tan arrogantes como para creer que nadie sabe qué es lo mejor para otro, ni tan ingenuos como para pensar que un “todos contra todos” beneficia el desarrollo social.
Una comunidad requiere estándares generales que impulsen su desarrollo y estabilidad, sin necesidad de oprimir la libertad ni las diferencias individuales. Podemos tener distintas formas de ver la vida, pero hay cosas básicas que no pueden diferir: no podemos vivir sin acceso a servicios básicos, con basura en las calles, en zonas propensas a desastres naturales, sin infraestructura adecuada, sin salud ni educación de calidad, sin seguridad personal y jurídica, ni sin libertad de pensar y autosuperarse.
Cada quien define su felicidad y su forma de vida, pero esa realización ocurre dentro de un entorno que debe permitirla, pensando también en los más vulnerables. No porque yo pueda saltar entre aceras mal hechas significa que un anciano o un bebé puedan hacerlo. La riqueza individual se valora cuando todos viven bien. Mientras más personas tengan calidad de vida alrededor, más agradable y estable se vuelve la sociedad.
Antes de irnos a lo particular, espiritual o ideológico, debemos ser lo suficientemente críticos para exigir y construir el bien común, sin seguir tendencias vacías o popularidades importadas. Cada país es complejo, ninguno está lleno de ángeles, pero nuestras relaciones internacionales deben basarse en el beneficio de la población, el desarrollo futuro y el respeto a la vida y al bienestar personal.
Cada quien puede seguir la creencia o principio que desee, siempre que se base en el respeto al prójimo y en el bienestar personal y social. Si una ideología o religión se basa en la dominación o alienación de un grupo, va contra el bienestar nacional, y punto. Sin complicaciones.
Si un político no habla como artista pero tiene ideas de desarrollo y superación, es de considerar. Recordemos: esto no es un concurso de popularidad ni de simpatía; se trata de que todos tengamos una idea común de superación y crecimiento. Nadie será perfecto, pero se construye enseñando a los gobernantes que no tienen poder absoluto, que deben alternarse con el tiempo y que el progreso se edifica sobre lo ya logrado. El que venga a destruir el avance anterior no es aceptado.
Esta es mi percepción luego de más de diez años, con más experiencia y cansado de las tribalizaciones estúpidas mientras los líderes se aprovechan de ellas. La verdadera evolución empieza cuando dejamos de pelear por banderas y empezamos a construir por principios.
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