sábado, 23 de agosto de 2014

¡¡Ese es un hueco millonario!!!




Fiesta de Asfalto? o Minas de oro?

En algún momento muchas personas deben de haber escuchado alguna versión de la expresión:
"ese es un hueco millonario, lo reparan y ahí mismo se vuelve a hundir...".
Resulta hasta gracioso si no lo tomamos en serio, como solemos hacer con la mayoría de las cosas.
Lo intrigante de este caso sigue siendo lo mismo: la capacidad para adaptarnos a lo malo.

A pesar de lo grave de la calidad de las obras públicas en muchos casos (no diré todos, ni todas las instituciones porque sería hablar sin razón), la mayoría de las personas hacemos caso omiso de eso porque en cierta forma estamos acostumbrados e incluso desinteresados. Nos quejamos, sí, pero hacer algo al respecto, no. Nos quejamos entre nosotros mismos sobre la obra tal y el gobernador o alcalde, ponemos mala cara, nos burlamos o hacemos comentarios.

En este caso del asfaltado en particular hay una noción de que la obra es mala porque al poco tiempo lo vemos deteriorado, pero estando dentro de los entes ejecutores, conociendo las normas y los procedimientos y más aún los presupuestos, se sabría que el problema es aún peor.
La cantidad de dinero que se incluye en las partidas de presupuestos correspondientes a actividades como la compactación y estudios de suelo —que no se realizan generalmente— es exagerada.
Y es dinero que se paga.
Más exagerado es aún el dinero que se paga correspondiente a la cantidad de asfalto: por ejemplo, se suele cobrar las toneladas de asfalto de acuerdo al espesor, y por cada centímetro de espesor que no es colocado es una buena cantidad de asfalto y de dinero no colocado.
En muchos casos he visto asfaltados de hasta la mitad establecida por los presupuestos.

Pero esto también lo vemos en otras obras como aceras mal hechas, puentes provisionales (que duran hasta que se caigan), redomas, ornatos, entre otras obras, las cuales se construyen alargando el tiempo como si fueran de gran magnitud y con un presupuesto igual de abultado que el tiempo de construcción.

Lamentablemente estamos tan acostumbrados que no hay tanto asombro por esas cosas, porque simplemente es lo normal.
Tal vez lo más grave es eso.
En todas partes del mundo hay corrupción, hay personas deshonestas y todo tipo de trampas.
El problema no es eso.
El problema es que eso deberíamos verlo como la excepción, y lamentablemente para nosotros es la costumbre.

Hasta el gobierno y sus tan aplicados gobernantes usan eso como política para que desviemos la atención.
Por ejemplo, sale en las noticias que en Estados Unidos hubo un caso de corrupción al construir una obra y están implicados unos políticos, y acá lo inmediato sería sacarlo por los medios del Estado como para que vean que allá también pasa.
Lo peor es que caemos en la jugada.
Es verdad, como dije, sí hay corrupción en todas partes, pero generalmente es la excepción, no la regla.
Aparte, es fácil compararse con lo malo para justificarse: si es así, todos somos excelentes.
Yo soy un santo porque no soy ni homicida ni violador, o soy el más honesto por no andar armado robando.
Creo que nos falta ser más críticos.

Lo lamentable es que el trasfondo de esto viene de nuestra manera de vernos a nosotros mismos, como los niños cuando hacen algo malo y le echan la culpa a otro porque comenzó o hizo algo peor.
Así nos estamos volviendo como sociedad.
En vez de afrontar las deficiencias, reconocerlas y sentirnos lo suficientemente avergonzados para cambiarlas, nos estamos creando más excusas cada vez para seguir con las mismas malas actitudes, incluso convirtiéndolas en nuestra supuesta idiosincrasia.

Es realmente una pena porque esta situación no se va a revertir hasta que no empecemos a exigirnos nosotros mismos, porque, por ejemplo, muchos empleados públicos no hacen lo contrario al estar en un cargo porque más nadie lo va a hacer.
Y bueno, al justificar al otro me permito la falla también para mi supuesto beneficio.
Ahora, este es un pensamiento absurdo: ¿qué beneficio? ¿Un poco de dinero más?
Pero no vamos a vivir igual en la misma ciudad con las calles deterioradas, con mal servicio de agua, con las calles llenas de basura, con un servicio eléctrico deficiente, hospitales con severas deficiencias, oficinas públicas con mal servicio, entre otras y otras muchas cosas.

Sigo insistiendo: con eso de vivos estamos escupiendo todos hacia arriba (es fea la expresión pero es cierta), y a la final nos cae a todos de una u otra manera.
Vendemos las cosas más caras, pero para comprarlas más caras, y no las que vendemos sino muchas más, así que no ganamos: perdemos cada vez más.
Y si seguimos así de conformistas para seguir justificándonos a nosotros, entonces merecemos seguir precisamente así, llenos de......... (ustedes completen)

Cultura, vergüenza y cambio

Creo que tenemos que empezar a entender el nacionalismo de la misma manera que se aplicaría al amor propio con ganas de superación.
Es decir: vamos a querernos, pero para eso hay que querer ser honestos para ver las carencias y entender que en algunos casos la vergüenza es necesaria para cambiar.

Si realmente tenemos un fin de mejorar como personas o como sociedad, tenemos que ser claros con qué comportamientos no van con ese fin último.
La vergüenza de hacerlos es un indicativo de que hay que mejorarlos o eliminarlos, pero sin alcahuetería, y a veces tiene que doler.

En una empresa donde trabajé en Perú se aplicaba un poco eso.
Nos enseñaban, a nivel de gerencia, cómo en empresas exitosas se dan cuenta de que no hay que ocultar errores ni maquillarlos, porque la sensación de dolor, vergüenza o arrepentimiento es el motivador para que un error no vuelva a ocurrir.
Pero sin pasar al abuso o al desvaloramiento.

Por ejemplo: tengo que hacer ciertos documentos y, por no querer seguir el protocolo pensando que es muy pesado o fastidioso, no hago la revisión establecida.
Esto genera que un error que debería haber sido fácilmente detectado se mantenga, acarreando pérdidas.
¿Qué ocurre en ese caso?
Se detecta la causa del error, y si somos responsables, nos avergüenza haber saltado los protocolos.
Ese pesar genera mayor capacidad de recordar qué cosas no hacer o repetir.

Para eso se tiene que tener transparencia y sentido de responsabilidad individual, incluso para detectar si el problema radica en el proceso en sí y evitar problemas en la empresa a futuro.
No son faltas de respeto ni discriminaciones innecesarias.
Pero creo que todos estamos de acuerdo en que no queremos un doctor que nos haga una cirugía y se le pase revisar si desinfectaron todos los equipos, o que se le quede una gasa dentro del cuerpo.

De igual manera, como sociedad hay que saber qué cosas nos tienen que doler o hacernos sentir responsables y que no nos representan, sin quitar el sentir de pertenencia y orgullo por ser parte de ella.
Separando el acto puntual dañino del ser total y pudiendo construir una mejor visión alrededor de las características que sí valen la pena.

La cultura es un conjunto de costumbres, y no, no todas nos tienen que hacer sentir orgullosos.

Y sí, para avanzar podemos entender cómo algunas llegaron a aparecer y también el por qué tienen que desaparecer para fortalecer lo que realmente nos engrandece.

Nota del autor (2026)

Este texto fue publicado originalmente el 24 de agosto de 2014 y revisitado el 24 de Julio de 2026.
Gracias a la magia de la AI —un editor subpagado que no cobra pero sí rinde— se realizaron:

  • Correcciones ortográficas y de puntuación.

  • Ajustes de coherencia narrativa.

  • Integración de reflexión sobre cultura organizacional y vergüenza como motor de cambio.

  • Formato editorial para Blogger.

  • Respeto absoluto al tono original del autor.

La esencia sigue siendo la misma:
una reflexión sobre cómo la corrupción, la viveza y la falta de autocrítica se convirtieron en costumbre,
y cómo la vergüenza —bien entendida— puede ser el primer paso hacia el cambio.

🧩 Cierre visual

Para cerrar esta reflexión, dejo una imagen que resume el punto central: la responsabilidad individual y cómo nuestras pequeñas acciones pueden convertirse en grandes problemas colectivos.

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