martes, 2 de febrero de 2016

Recuerda que ¡Estamos en Venezuela!

Introducción contextual (Escrita en 2026 sobre un texto publicado originalmente en Venezuela el 02/03/2016)

Este texto fue escrito originalmente el 2 de marzo de 2016, durante mis primeros años laborales en Venezuela, en un contexto donde el país ya mostraba un descenso acelerado en estándares, servicios y calidad institucional.
En aquel momento, la debacle del país se profundizaba, y muchas de las experiencias cotidianas —fallas eléctricas, servicios deficientes, burocracia, corrupción normalizada— moldeaban la percepción colectiva de que “así son las cosas”.
Este post nació como una reflexión personal sobre cómo ciertas frases, costumbres y actitudes aparentemente inofensivas terminan justificando el retroceso y reforzando una cultura de conformismo que afecta nuestra vida diaria y nuestro futuro como sociedad.

El peligro de aceptar lo malo como ‘lo normal’

o Cuando la costumbre se convierte en conformismo y el conformismo en retroceso.

Una frase que, para el que no conoce cómo la usamos acá (admito que la he usado también más de una vez), pensaría que se trata de una cuestión de patriotismo. No podría estar más equivocado. La mayoría debe saber a qué me refiero: cuando ve que algo sale de la manera contraria a lo que se supone debería ser. Por ejemplo, ocurre una falla eléctrica y algún medio de comunicación dice que es una falla local que arreglarán en dos horas en un día específico, pero al final tarda diez horas. Se le ocurre a alguien hacer un comentario acerca de la diferencia entre lo publicado y la realidad, y no falta quien responda: “Recuerda que estamos en Venezuela”.

Así se aplica a una gran cantidad de situaciones (y al parecer se seguirán acrecentando). Francamente, la frase me parece chocante a pesar de haberla utilizado. Pienso que es una manera de denigrarnos, pero si prestamos atención, también es una manera de justificarnos.

Analicemos: al decir esta frase estamos, en cierta forma, dando a entender —no solo a los demás, sino a nosotros mismos— que dicha situación es algo normal, porque es lo acostumbrado. Entonces hacemos de esa mala costumbre una realidad que hay que aceptar porque “no queda otra”, en cierta forma dándonos incluso la oportunidad de poder hacerlo nosotros mismos o de no estar tan frustrados cuando nos pase.

Otro ejemplo podría ser situaciones en las que me he encontrado particularmente. Estando recién graduado de ingeniería y empezando a trabajar, muchas veces me quejé de cosas que no funcionaban —ni funcionan— en Venezuela acorde a estándares de países de primer mundo. Las respuestas obtenidas eran a modo de burla y con frases iguales o similares al título de este post. Y visto en muchas ocasiones de manera despectiva, como quien ve a un niño decir tonterías. Puedo decir que para mí esos momentos han sido frustrantes, razón por la cual trato de evitar utilizar la frase, entendiendo que de esa manera también se influye en los otros a que se acostumbren a que así son las cosas y que no podemos exigir más, sino acostumbrarnos.

Las experiencias que he pasado y que me han dejado marcado en esos aspectos me han hecho reflexionar acerca del impacto que tiene nuestra actitud conformista hacia lo que nos rodea. Es cierto que muchos pueden utilizar la frase como un supuesto juego y solo por costumbre, pero nuevamente ese permanente acostumbramiento a malas prácticas es lo que lleva a formar culturas no solo de estancamiento, sino de retroceso a todos los niveles. Esto no se aplica solo a un aspecto específico como fallas en servicios, sino a nuestra vida y cultura general.

Podría parecer que es dramático este post o mis opiniones emitidas a través del mismo. A lo que puedo decir que tal vez lo sean, y es necesario —a mi parecer— ser un poco más dramáticos o darle más importancia a ciertas costumbres que están afectando nuestra sociedad y que, si bien parecen inofensivas, se degeneran en altos niveles de corrupción, impunidad, bajos niveles de servicios y calidad de vida general, incluso la moral y ética de los ciudadanos.

¿Cómo puede llevar una cosa a la otra? Sencillamente porque, en el momento que aceptamos conductas inmorales —como la corrupción— porque “es lo normal”, o los bajos estándares en cualquier ámbito, nos estamos condenando a nosotros mismos a ese conformismo e incluso a identificarnos con eso en vez de luchar contra ello.

En un libro de Fernando Savater, él explicaba que la manera de evitar conductas inmorales era acostumbrarnos a sentirnos asqueados por ellas. Es decir, todo lo contrario. Por ejemplo, que nos sintamos horrorizados y ofendidos por la mentira que degenera en corrupción, hurto, robo y demás, en vez de aceptarla como algo natural.

Yo tengo la opinión de que mientras más nos acostumbremos a conductas inmorales y faltas de ética, bajos estándares, actos ilegales, entre otros, vamos a ir afianzando dichas acciones en nuestra sociedad hasta el punto de mal llamarlas parte de nuestra cultura. Así como se utiliza la “viveza criolla”, que no es más que una manera de explicar y justificar querer aprovecharse del prójimo, no importa si se viola la ley porque “es parte de la cultura” y denota supuestamente inteligencia, y no capacidad para delinquir.

Una anécdota acerca de esta frase que recuerdo en diversas ocasiones es una oportunidad en la que conversaba con un compañero de trabajo hace unos años acerca de las obras que había hecho el entonces alcalde de Pariaguán, un pueblo que se da a conocer prácticamente solo por su cercanía a yacimientos importantes de petróleo. En este caso pude notar que él argumentaba que el alcalde era bueno porque, en su opinión, había hecho más que otros alcaldes de distintas localidades, haciendo alusión principalmente a la cantidad de canchas, áreas recreativas, asfaltados y condiciones de algunos espacios públicos, así como el estado del hospital.

Debo decir que, así como le dije luego de discutirle un rato, tiene razón en cuanto a que en apariencia se ve mejor que otros. Pero, a mi parecer, pensando en lo que debería ser un pueblo cercano a un área petrolera, minera o cualquier otra que genera gran cantidad de ingresos a una región, me parecían —y siguen pareciendo— muy mediocres las condiciones del pueblo y localidades aledañas. A mi parecer, con ese dinero, esa zona no necesariamente tiene que convertirse en una mega ciudad con inmensos edificios y centros comerciales de manera de no perder su identidad. Pero la inversión debería verse en cuanto a una sincera planificación urbana, servicios de primer mundo, no estar llenos de invasiones o barrios marginales, tener sistemas universitarios con campus y preparación de primera, entre muchos otros aspectos. Tomando en cuenta aún más que la empresa petrolera paga impuestos a la alcaldía, así como las contratistas privadas deben hacer aportes a las comunidades.

Al final todo eso llevó a la misma conclusión de que yo estaba soñando, y que eso era posible en otros países porque, de hecho, siempre trato de leer acerca de innovaciones y los mejores en cuanto a muchos aspectos que afectan directamente la calidad de vida. Pero pienso que así debería ser. Es decir, si uno se compara con lo peor, siempre va a poder destacar fácilmente. Creo que la idea de un país en desarrollo debería ser tomar de ejemplo a países que sean los mejores en muchos aspectos e incluso combinar características para crear modelos mejores. Lamentablemente, no es nuestra costumbre y cada vez es más normal ver conformidad mientras retrocedemos aceleradamente y ni siquiera destacamos, a menos que comparemos características malas y salgamos a relucir como el peor, como lo es en delincuencia, inflación, corrupción, entre otros.

Independientemente de la razón para hacerlo, lo cierto es que inconscientemente nos estamos llevando a nosotros mismos a ese tipo de pensamiento mediocre: aceptar lo malo porque es normal, porque es lo acostumbrado, como si lo acostumbrado fuera parte de nosotros. Todo lo contrario: tenemos que entrenarnos para que aquello que no queremos que sea propio de nosotros nos parezca repulsivo e inaceptable, que no sea para nosotros algo típico que simplemente pasa. Tenemos que detenernos y empezar a ser críticos. La verdad es sorprendente cómo los venezolanos tenemos una gran capacidad para adaptarnos, cosa que puede ser buena, pero en este caso es simple conformismo, una flojera extrema porque nos convencemos antes de intentar pensar en lo correcto, en que igual no va a funcionar.

Lo más lamentable de todo esto es que esta actitud es contagiosa, aunque no lo parezca. Mientras más conformistas seamos, más convenceremos a otros de serlo, y poco a poco nos trazamos nosotros mismos nuestras condenas. Así como en el post en el que explicaba cómo le echamos la culpa de los robos y la delincuencia precisamente a aquel al que le violaron los derechos: por descuidado, tenía que saber que estaba en Venezuela. O sea, que era normal que le pasara algo así.

De igual manera, pienso que la primera responsabilidad para establecer un cambio tiene que ver con la valentía de cambiar uno mismo. Empezar por dejar de aceptar lo malo como normal, dejar las frases de conformismo, dejar de apuntar a lo común para la zona o justificar por qué estamos como estamos, y ver a aquellos que siguen mejorando y que destacan, y plantearse ser mejor. Creo que es hora de cambiar, pero un cambio sincero que empiece por esas cosas pequeñas. Recuerden que las costumbres van definiendo nuestra cultura, así que igualmente podemos cambiar y tomar cosas positivas para darle un giro a nuestro futuro.

Empecemos a decir que claro que es posible, y que recordar que estamos en Venezuela es porque aquí se puede pensar más allá y somos intolerantes con lo inmoral, lo antiético y el conformismo. Si nosotros nos permitimos acostumbrarnos al retroceso y no empezamos a luchar contra estas malas costumbres, nos estaremos perdiendo a nosotros mismos.

Actualización 2026

Ha pasado un buen tiempo desde que escribí originalmente este post. Sinceramente, al inicio mi intención era más expresar mi frustración y mostrar otra cara de las situaciones que vivíamos en Venezuela.

Ahora, con el tiempo, algo más de madurez y entendiendo que no es un fenómeno aislado, veo que este tema es realmente importante. Ha sido uno de los factores que han marcado el cambio en países que pasaron de estar destrozados o subdesarrollados a alcanzar otro nivel.

No se trata solo de mejorar costumbres, sino de asimilar la realidad: reconocer nuestras deficiencias y entender que no las queremos a nivel colectivo, dejando a un lado los egos personales. Es un proceso necesario en toda sociedad que busca reconstruirse, ya sea de forma forzada o espontánea, pero siempre de manera masiva. La sociedad tiene que sentir vergüenza de aquello que la identificaba negativamente y comprender que no todo lo que se ha vuelto costumbre debe considerarse parte de la cultura.

Así como no nos sentiríamos orgullosos de que nuestros ancestros cometieran actos atroces y no los repetiríamos por “tradición”, debemos entender que lo que hoy es costumbre no tiene por qué permanecer en el futuro. Pero para lograrlo debe existir un sentimiento común, una conciencia colectiva que nos permita mirarnos a la cara y reconocer que ciertas cosas son la base para seguir adelante.

No creo que mi visión sea más pesimista ni fantasiosa; al contrario, creo que es posible, pero requiere condiciones y liderazgo alineado hacia ese propósito. Desde el punto de vista positivo, a pesar de todo lo superficial que se ve en redes sociales, en mi país hay corrientes, publicaciones y personalidades que denuncian malas costumbres e inspiran una mejor sociedad. Eso puede generar momentum, y ojalá se consolide.

Este fenómeno aplica también a otros países donde lo incorrecto se vuelve costumbre porque “ya es común”. Sin embargo, cada vez hay más medios para entender por qué ciertos lugares funcionan mejor en valores básicos como comunidad y progreso, y también más medios para tomar lo bueno y adaptarlo a cada idiosincrasia.

Nuestra historia puede haber estado marcada por situaciones complejas, pero la pregunta es: ¿y ahora qué hacemos? Sí, tal vez la época de colonia fue dura, sí hubo esclavitud, pero ahora nos toca decidir cómo avanzar. Todo se reduce a la realidad: no todos empezamos igual, pero lo importante es entender eso y luego definir qué hacer para progresar más, acortar la brecha y seguir adelante.

El punto clave es dejar de justificar el pasado o la costumbre por lo que seguimos haciendo mal. Ya queda de nuestra parte decidir qué hacer en adelante.

Si queremos un país distinto, tenemos que dejar de normalizar lo que nos atrasa y empezar a sentir vergüenza de aquello que nunca debió ser parte de nuestra identidad.

El cambio comienza cuando dejamos de repetir costumbres dañinas y empezamos a construir valores nuevos, conscientes y compartidos. No es fácil, no es rápido, pero es posible: empieza por cada uno de nosotros, y se vuelve real cuando se convierte en un sentir colectivo.

Disclaimer final

Revisado con inteligencia artificial (AI) en 2026, sin alterar ni una palabra del mensaje original. Solo se ajustó ortografía y redacción. Supervisado por el autor y su asistente subpagado AI 😎.








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