🟦 Introducción contextual
Las colas diarias por harina, papel, pollo o cualquier bien esencial se convirtieron en rutina. Mientras tanto, quienes tenían conexiones pagaban más y recibían esos mismos productos directamente en sus casas, porque se había formado una red de corrupción tan extendida que permitía al pueblo participar en ella según su nivel: desde servicios y comida, hasta trámites y favores. Era un sistema donde cada quien “se avivaba” para agarrar un poquito de lo que pudiera, porque cada día había menos recursos y más competencia por lo poco que quedaba.
En ese ambiente, la línea entre necesidad y corrupción se volvió borrosa. La gente perdía valores no por maldad, sino por supervivencia. Y al mismo tiempo, todos aprendíamos a justificar pequeñas trampas: el contacto que te “resuelve”, la alcabala que te saltas, el medidor que manipulas, el pago que evitas. Era un espejo incómodo: mientras criticábamos a los políticos por robar millones, muchos robaban cientos… y lo llamaban “necesidad”.
Este post nació como una reflexión hacia afuera y hacia adentro: un intento de entender cómo un sistema tan dañino puede llevar a una sociedad a autodestruirse, y cómo la corrupción cultural —la que ocurre cuando nadie nos ve— termina siendo la base de la corrupción política que luego condenamos. La intención no es justificar nada, sino desenmascarar ese ciclo, admitirlo y pensar en la posibilidad de construir otra idea de sociedad.
La corrupción no empieza arriba: empieza cuando nadie nos está viendo.
Creo que esta es una frase repetida en extremo en muchos países, especialmente en los países latinos y probablemente también en otros países subdesarrollados, en vías de desarrollo o recientemente industrializados. De igual manera están los clásicos: “Que se vayan todos”, “Todos son lo mismo”, “Los políticos son unas ratas”, entre muchas otras expresiones que apuntan a la misma idea.
El resultado final es una especie de conclusión colectiva: la población termina creyendo que los políticos son una clase particular de seres humanos, casi otra especie, con una forma de ser que nunca puede ser distinta. Con esto no defiendo a los políticos, y tampoco creo que haya que irse al extremo opuesto: ser confiados en exceso o idolatrar a ninguna persona, como ocurrió con Chávez, Hitler y otros líderes idolatrados cuyos seguidores no pueden ver a un ser humano, sino a una especie de semidiós que viene a salvarlos. Lo mismo pasa con ciertos radicalismos religiosos cuyos líderes terminan metiéndose en política, capitalizando el odio que su propia doctrina les enseña a sus fieles.
Creo que una manera más sana de ver a las personas en el poder es entender primero que son personas. Sí, como nosotros mismos. No para justificarlos ni para condenarlos, sino para entender que son humanos: con ambiciones personales, defectos de personalidad, narcisismo en algunos casos, inseguridades y muchas otras cosas.
Pero creo que cabe una reflexión. Para empezar, tal vez convenga preguntarse: ¿qué es la corrupción? Cuando buscamos conceptos generales, se habla de corrupción como un estado de perdición o degradación de un organismo. En las relaciones humanas, se usa para expresar la violación de leyes o de los derechos de otras personas. Si lo vemos en un sentido amplio, ser corrupto no es más que violar la ley para obtener un beneficio propio, aprovechándose del sistema.
Aplicando esta definición —o cualquiera similar— sería bueno analizar a fondo: ¿por qué los políticos son corruptos? O mejor dicho: ¿son los políticos algún tipo especial de persona que sufre una condición que los demás no sentimos?
A veces expreso una opinión que no es muy popular: creo que cada quien roba según las capacidades que tiene a su mano.
Ahora explico esto. Si le preguntas sinceramente a muchas personas en países latinos acerca de pagar impuestos, pagar una multa, pagar servicios o hacer trampa con los mismos, entre muchas otras cosas, más de lo que queremos admitir dirán que en algún momento se aprovecharon de una situación o evitaron cumplir con un deber u obligación cuando tuvieron la oportunidad.
A esto digo yo: ¿qué diferencia tiene el que hace lo mismo pero con la oportunidad de hacerlo con más cantidad? Aquí es cuando digo que todos roban de acuerdo a la capacidad que tienen. Una persona que gana lo justo para pagar impuestos busca evitarlo; también lo hace un empresario que gana diez o cien veces más. ¿Cuál es la diferencia? La situación. Uno está en una posición donde puede ser corrupto con menos dinero y el otro con más. Nada más. No hay diferencia.
Pero esto molesta a la mayoría cuando se les dice, porque esa condena especial hacia los políticos les permite excusarse a sí mismos: “Ellos son malos porque roban millones; yo apenas unos cientos.” Qué excusa, ¿no?
Entonces veamos qué pasa cuando una persona acostumbrada a aprovecharse de unos cientos se encuentra con la oportunidad de hacerlo con miles. ¿No lo va a hacer? Esos miles, poco a poco, empiezan a parecerle pequeños.
Entonces, ¿no sería mejor admitir —para empezar a salir de estos problemas— que no es que los ladrones se metan a política, sino que existe una cultura de corrupción? Y que a medida que se sube en los escalones de poder, crece el monto, pero es la misma práctica que se origina desde abajo.
Los políticos no son extraterrestres que un día decidieron meterse a manipular y robar. Un político no es más que cualquier persona que conocemos que decide entrar en ese ambiente: algunos con malas intenciones desde el principio, y otros exactamente como el vecino o tú mismo que trampeas el medidor de luz o el agua.
Cuando se crean esos estándares, ¿qué podemos esperar? ¿Que una persona que se rodea de ese ambiente cambie súbitamente cuando entra en política? Con esto no busco justificar a los políticos, nada por el estilo. Todo lo contrario: político o no, la acción es la misma. La corrupción tiene que ser vista como tal a todo nivel, y como tal puede ser tratada desde el principio para reducirla a su mínima expresión posible en la sociedad.
De esa manera sería más fácil condenar a los corruptos por lo que son, y la población podría sentirse realmente indignada con aquellos expuestos por sus fechorías, sin justificar a un político ladrón porque “al menos hace” o porque “es familia”.
La corrupción es mala, pero no es algo exclusivo de los políticos: es algo de la cultura. Y realmente indigna más cuando nunca robas nada y viene alguien a aprovecharse. Entonces, si empezamos desde abajo a enseñar que lo ajeno no se toca, que hay que pagar nuestros compromisos, cumplir nuestros deberes, que lo que no es propio es de alguien más y que lo que tengamos es bueno cuando es trabajado y no viene de algún facilismo, en ese momento será más fácil acabar con grandes y múltiples organizaciones corruptas. Dejaremos a los corruptos para ese grupo de personas sin escrúpulos a quienes hay que aplicar la ley, y podremos tener una mayoría de ciudadanos honestos y racionales.
Porque eso de que “todos son corruptos” también nos acostumbra a aceptarlo. No, no todos son corruptos —ni los políticos ni las personas— pero si la cultura es corrupta desde que das tus primeros pasos en la vida, es más difícil pensar que las personas serán honestas en cargos de mayor poder.
Actualización 2026: Una década después: por qué el cambio empieza desde abajo
Han pasado más de diez años desde que empecé a plasmar este pensamiento. Nació de la frustración de la vida cotidiana, pero con el tiempo —y conociendo más culturas y realidades políticas— entendí que no era un caso aislado ni algo que surgía de la nada. Es más universal de lo que muchos quieren admitir.
A veces es frustrante ver cómo se admira algún aspecto de otra población —por ejemplo, cuando los japoneses limpian el estadio antes de irse— pero no se piensa si eso es algo que podríamos implementar en nuestra cultura. En lugar de reflexionar, algunos prefieren creer que es imposible por alguna razón absurda, casi como si aceptáramos que somos “inferiores” y le diéramos la razón a los mayores bárbaros que han existido. O podríamos, más bien, reflexionar con madurez y entender que en algo tan simple como cuidar lo común se esconde un principio fundamental: respetar lo ajeno, entender que la libertad solo existe en un ambiente donde no queramos ser los “vivos” que se aprovechan del supuesto tonto.
De la misma manera, en vez de endiosar políticos y pensar que necesitamos mesías, podríamos elegir cada vez más candidatos —del partido o corriente que sea— que vayan alineados con estos principios. Y, como se ha vuelto popular en estos últimos años, “cancelar” a aquellos que buscan distraernos peleándonos entre nosotros para esquivar sus responsabilidades. Porque sí, en la colonia hubo desigualdades, pero el político que usa eso para manipularte no está generando mejores oportunidades para ti ni para tus conciudadanos: está usando el sentimentalismo y la envidia para crear otra capa de separación entre ellos y el resto de la población.
La idea no es de un lado u otro. Si como sociedad queremos avanzar, debemos apoyar principios fundamentales y el crecimiento en conjunto. También implica dejar el ego de lado para entender que hay países que ya pasaron por muchas cosas y que, así como no tenemos que experimentar con la gente como conejillos de indias en medicina —porque científicos y doctores anteriores ya abrieron camino— podemos hacer lo mismo en sociedad, economía y desarrollo. No tenemos por qué copiar sistemas arcaicos ni peleas absurdas nacidas en siglos anteriores entre potencias desgastadas, arrastrándonos a la miseria mientras ellos ya van por otro rumbo.
La idea es entender que podemos subir todos, pero necesitamos de todos. Que la corrupción no se justifica por la cantidad de ceros, porque cada pedazo que alguien toma le quita algo a su prójimo. Que debemos empezar a sentir rechazo por los antivalores, poco a poco, eligiendo entre lo menos malo y empujando desde abajo el cambio social que pueda convertir a los sistemas y políticos antiguos en algo prehistórico y fuera de lugar.
Pero ese cambio no saldrá mientras sigamos atrapados en la tontería de la envidia, el ego y la falta de autocrítica. No avanzamos si no queremos que el avance sea generalizado. A todos nos conviene —y se nos haría más ameno— vivir en un país donde todos puedan vivir bien. Siempre habrá diferencias: el mundo no es una fantasía. Habrá capacidades distintas, crianzas distintas e incluso diferencias de oportunidades. Pero debe existir un mínimo básico de decencia y un sentido común compartido.
Y, sobre todo, debemos dejar de señalar sin querer cambiar nosotros mismos. El cambio empieza desde uno mismo. El cambio real y duradero. De lo contrario, estamos jugando un juego de sillas donde, dependiendo de quién se mueva, a algunos les salpica un poco… pero al final todos nos jodemos.
La idea es ser duros críticos de estas malas prácticas y malas costumbres al unísono, para que los líderes lo entiendan y cada vez haya más vergüenza social hacia la corrupción. Porque ese famoso “que se vayan todos” solo significa que alguien más tomará el puesto. Y si no cambiamos los medios, será simplemente una movida de sillas con el mismo resultado.
Una sociedad se construye en lo que hacemos cuando nadie nos ve.
🧾 Actualización editorial (Edición AI — 2026)
Este texto fue escrito originalmente entre 2015 y 2018, durante mis últimos años viviendo y trabajando en Venezuela, en medio de la descomposición social y económica que marcó esa etapa. En 2026 ha sido revisado nuevamente con apoyo de inteligencia artificial (AI), únicamente para corregir errores de ortografía, gramática y redacción propios de haberlo escrito rápido y sin pensar demasiado en la forma.
La narrativa, las ideas, las reflexiones y el mensaje original se mantienen intactos. La edición se limitó a mejorar la claridad y la coherencia, sin alterar el contenido ni la intención del autor.