sábado, 26 de julio de 2014

La culpa es de LOS CONCEJOS COMUNALES!




La mejor solución a la falta de atención

Ayer llamó mi atención una expresión de un señor. Ya la había escuchado antes, pero como pasa con tantas cosas que oímos a menudo, simplemente no le presté atención. (Que es muy distinto a escuchar con atención).

En fin, ayer venía en un taxi camino a mi casa. El taxista era un señor muy agradable, que mencionó diversas cosas sobre su familia, la inseguridad y otros temas en general. Al acercarnos a la zona donde vivo, conversábamos sobre lo complicado que es para los taxistas y transportistas acceder a ese lugar. Una de las razones es la inseguridad por tener varios barrios e invasiones aledañas; la otra es que la vía está a medio terminar.

El señor expresó su indignación hacia la comunidad vecina porque, según él, junto con otros representantes de su sector habían logrado gestionar la culminación de la vía, pero no hubo acuerdo con los consejos comunales de los sectores aledaños.

Todo esto lo he escuchado muchas veces, pero nunca había analizado el impacto de esas palabras. Él responsabilizó a los consejos comunales por la falta de organización para ejecutar el proyecto. Y eso me puso a pensar cuántas veces he escuchado expresiones como: “es que esa comunidad no se pone de acuerdo”, “lo que pasa es que allí el consejo comunal no sirve”, “es culpa de ellos porque no se han organizado; si se organizaran…”. Entre muchas otras. Pero todas llegan a la misma conclusión: LA CULPA ES DE LOS CONSEJOS COMUNALES.

Ahora, analicemos esto desde el caso puntual: en ese sector, en esa comunidad, tal vez es cierto, en parte, que si el consejo o los consejos pertenecientes a la zona afectada se hubieran organizado correctamente, los recursos podrían haber sido adjudicados y el proyecto llevado a cabo. Pero en el momento en que estaba pensando en eso, me llegó una inquietud; no sé si será algo alocado o estaré equivocado. Pero tengo la idea de que, si una vía importante de acceso —la principal para varios sectores— necesita ser construida, ¿es realmente necesario que la comunidad lo diga?

Yo no soy un erudito, no lo sé todo. Soy ingeniero civil, graduado hace pocos años y con una no muy larga experiencia laboral. Me fascina la planificación urbana, aunque nunca la he aplicado ni estudiado formalmente. Pero, volviendo al caso, creo que si yo llego a la deducción de que allí es necesario construir una vialidad porque hay barrios establecidos e incluso varios conjuntos residenciales, hasta uno hecho por el gobierno a través de sus organismos de construcción de viviendas, ¿será necesario que toda la comunidad lo diga para que algún responsable de planificación, de urbanismo municipal, de los ministerios y misiones dedicadas a obras públicas se atreva a hacerse responsable por esta necesidad?

Es decir, ¿hace falta esperar a que un consejo comunal lo diga para que se den cuenta de que hace falta? Y si es así, ¿mientras tanto qué? Bueno, como para todo, nos echamos la culpa a nosotros mismos: “lo que pasa es que el consejo comunal no sirve”.

Es algo parecido a cuando roban a alguien y le decimos que fue su culpa: “nadie le manda a sacar ese celular en la calle”. O sea, ¿cómo se le ocurre pensar que podía comprarse algo de su gusto gracias a su trabajo y esfuerzo y andar enseñándolo? Por supuesto, no es que hay mucha inseguridad; no, claro que no. Es que “no tenemos por qué estar sacando lo nuestro, así no nos lo quitan”. Suena absurdo, pero lamentablemente así somos.

Una vez me indigné porque dejé menos de un minuto en una plaza un teléfono celular; me paré, recorrí unos 30 metros, lo recordé y me devolví. Resulta que no estaba. Pasado esto, expresé mi indignación, por supuesto hablando de valores morales y cosas por el estilo (lo más irónico es que la plaza estaba llena de personas vestidas de morado celebrando un ritual católico), a lo que todos los compañeros que estaban cerca me sacaron de mi error: no fueron las personas, es “normal” y hasta casi “correcto” agarrar lo que no es tuyo; a fin de cuentas, “no lo tenías en la mano”. O sea, mi culpa. Qué error pensar que alguien podía considerar malo tomar algo que no es suyo.

Bueno, volviendo al caso de los consejos comunales. En mi opinión, creo que esa estructura es la manera más fácil de alcahuetear la falta de dedicación de las personas encargadas de establecer un correcto desarrollo y funcionamiento de las ciudades, y permitir que no hagan su trabajo. ¿Para qué un ingeniero municipal se va a dedicar a hacer planes de desarrollo y urbanismo? Total, para eso están los consejos comunales. De igual manera, ¿para qué un gobernador, un alcalde, el gremio dedicado a la construcción, los ministerios y demás responsables? A la final, me pregunto: ¿por qué tantos organismos y cargos, si todo será culpa de los consejos comunales?

Actualización editorial (2026): Un mensaje más amplio y vigente

Este texto fue escrito originalmente en un contexto muy específico: el surgimiento de los consejos comunales y la manera en que, en aquel momento, se les atribuía la responsabilidad de problemas que excedían por completo su alcance real.

Con el tiempo, el patrón que describo aquí se ha vuelto más general y más evidente. Por eso, esta actualización busca ampliar el mensaje sin traicionar la intención original.

Hoy es claro que no solo los consejos comunales han sido utilizados como excusa o “culpables convenientes”. En muchos países y sistemas, se repite la misma técnica: culpar a organismos menores, locales o comunitarios para manipular la opinión pública y desviar la responsabilidad que corresponde a las instituciones grandes y al gobierno central.

Y esto aplica a contextos muy distintos, incluso en países con modelos políticos, económicos y culturales totalmente diferentes:

  • Una comuna popular en Europa, donde la administración local tiene funciones limitadas, pero termina cargando con la culpa de fallas que dependen del gobierno regional o nacional.

  • Un barangay en Filipinas, que es la unidad más pequeña de gobierno y sirve para resolver asuntos comunitarios, pero no tiene presupuesto ni autoridad para enfrentar problemas estructurales como infraestructura mayor, seguridad nacional o planificación urbana.

  • Una junta vecinal en América Latina, que puede organizar actividades comunitarias, pero no puede sustituir a un ministerio de obras públicas ni a una alcaldía en temas de vialidad, transporte o servicios básicos.

En todos estos casos, el mecanismo es el mismo: responsabilizar a la estructura más pequeña, más cercana y más visible, aunque no tenga ni los recursos ni la competencia para resolver el problema.

Estos organismos locales —consejos comunales, comunas, barangays, juntas vecinales, asociaciones de vecinos— sí pueden cumplir funciones valiosas:

  • mantener contacto directo con la comunidad,

  • visibilizar necesidades que serían invisibles a gran escala,

  • coordinar acciones pequeñas pero de alto impacto local,

  • servir como puente entre la ciudadanía y las instituciones mayores.

Pero no deben convertirse en chivos expiatorios.

Cuando se les usa para justificar fallas estructurales, se crea una falsa sensación de autogobierno, donde parece que “la comunidad decide”, pero en realidad se le asignan responsabilidades que no puede cumplir porque no tiene presupuesto, autoridad ni capacidad técnica.

Y ni hablar de cuando ni siquiera cambian realmente una estructura pública, sino que solo le ponen un nombre nuevo para hacerla más pintoresca o “familiar”. Juegan al circo, gastan dinero en nostalgia para ganar votos, apelan al sentimiento del pueblo… pero dejan exactamente la misma cosa, la misma estructura inútil, la misma millonada gastada —y robada— para hacer un “remake” institucional estilo Hollywood: un remake sin sentido, sin sustancia, sin capacidad operativa detrás. Solo maquillaje político para sacar provecho del pueblo, mientras todo sigue igual o peor.

Mientras tanto, las instituciones que sí tienen recursos —ministerios, alcaldías, gobernaciones, organismos de infraestructura, seguridad, planificación urbana— quedan libres de culpa, como si no fueran ellas las responsables de ejecutar políticas públicas, invertir los impuestos y garantizar servicios básicos.

La crítica sigue siendo la misma: un organismo pequeño puede ayudar, pero no puede reemplazar al Estado ni servir de excusa para su inacción.

Y cuando se usa como pantalla, el resultado es siempre el mismo:

  • obras que no se hacen,

  • servicios que no mejoran,

  • inseguridad que aumenta,

  • infraestructura que se deteriora,

  • y una ciudadanía que termina culpándose a sí misma por problemas que no le corresponden.

Este texto, aunque nació de un caso puntual en Venezuela, hoy aplica a cualquier sistema donde se intenta responsabilizar a estructuras comunitarias por fallas que solo pueden resolver instituciones fuertes, profesionales y bien financiadas.

🧾 Nota del autor (Edición AI — 24 de julio de 2026)

Este texto fue publicado originalmente el 26 de julio de 2014 y editado el 24 de julio de 2026 con ayuda de inteligencia artificial.
La revisión incluyó correcciones de puntuación, coherencia y gramática, manteniendo intacta la narrativa principal, el mensaje original y los comentarios del autor.
La esencia del texto —su crítica social, su tono reflexivo y su estilo coloquial— no fue modificada.


🌅 Reflexión final

Para cerrar este texto, dejo una imagen que resume el mensaje central:
la responsabilidad no se delega, se ejerce.
Cuando culpamos a los más pequeños por los errores de los grandes, perpetuamos el círculo de inacción.
La verdadera atención empieza cuando miramos hacia arriba y exigimos responsabilidad real, pero también cuando cada quien cumple su parte.

Como dijo un gran ejemplo venezolano de logro a pesar de la adversidad,
un equipo puede funcionar bien si cada quien hace su trabajo y tiene claras las responsabilidades que le corresponden.
Las individuales que tenemos como ciudadanos, y las que tienen quienes manejan el capital y el poder para con nosotros.
Ellos están allí para gobernar y hacer que el sistema funcione, no para culpar al equipo como un técnico malcriado que no asume su parte, ni como un presidente de club que se come el dinero y deja al resto sin cancha.



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